Cambio climático

Carbono cautivo en los mares del Sur

Destacada — por el 23/07/2020 a las 14:28

En nuestro país varios grupos de investigación con tradición en el área están desarrollando sus líneas de trabajo para aportar conocimiento regional y mejorar la cuantificación de los de los flujos y reservas de carbono en el Cono Sur. La importancia del concepto de «carbono azul» para el balance ambiental del planeta.

Bosques de macroalgas en el canal de Beagle. Foto:  Mariano Rodríguez.

Como sucede a menudo en la ciencia, los académicos utilizan recursos estilísticos para identificar procesos, describirlos con claridad o, como en este caso, dar cuenta de un aspecto menos estudiado. En un trabajo publicado en 2009, Christian Nellemann y colaboradores usaron por primera vez una ficción del color que les permitió llamar la atención sobre el rol de los océanos en la acción contra el cambio climático: «De todo el carbono biológico capturado en el mundo, más de la mitad es a través de organismos vivos marinos, por lo tanto, se llama carbono azul«. ¿El resto? El afamado “carbono verde”, asociado a los ecosistemas terrestres.

La categoría de blue carbon, que engloba bajo límites no tan nítidos la ciencia del carbono azul, resonó fuerte en el último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), denominado “El océano y la criosfera en un clima cambiante”. En el documento, los especialistas resaltan las potencialidades de los ecosistemas costeros para absorber y retener carbono de la atmósfera de manera muy eficiente: la vegetación -acostumbrada a las mareas, a vivir siendo cubierta y descubierta por el agua o incluso a enraizar, como los pastos marinos- resulta de gran interés en las acciones contra el cambio climático. Si bien reducir las emisiones de gases de efecto invernadero es el desafío más importante a nivel global, la comunidad científica considera que es necesario proteger, conservar y restaurar los ecosistemas de las costas marítimas.

Hay evidencia contundente de que los océanos se han calentado sin cesar desde 1970 y han absorbido más del 90% del exceso de calor del sistema climático. Valeria Guinder, investigadora de CONICET en el Instituto Argentino de Oceanografía de Bahía Blanca y autora principal de uno de los capítulos del informe del IPCC aclara que el concepto blue carbon es relativamente nuevo: “Los beneficios y las limitaciones asociados a la gestión de estos ecosistemas están hoy en el foco de estudio, no sólo del sector científico, sino también de actores socioeconómicos”.

Intermareal antártico. Macroalgas. Foto: Liliana Quartino

“La comunidad científica ha puesto foco en el carbono azul porque ha identificado a los océanos y zonas costeras como sitios clave para reducir el impacto de los gases de efecto invernadero en la atmósfera”, reconoce Liliana Quartino del Instituto Antártico Argentino. La investigadora y su grupo desarrollan estudios en la base científica Carlini donde investigan el efecto del cambio climático sobre las comunidades de algas marinas bentónicas.

Los ecosistemas costeros, cuando se degradan o destruyen, emiten el carbono que han almacenado durante décadas y se convierten en nuevas fuentes de gases de efecto invernadero. Quartino cuenta que en los últimos años se han ido generando numerosas iniciativas a nivel mundial para el estudio, la conservación y recuperación de los ecosistemas costeros y marinos “ya que, por ejemplo, los manglares y pastos marinos capturan entre tres y cinco veces más carbono que las plantas terrestres y lo retienen durante un tiempo hasta diez veces mayor. En el caso de las macroalgas, si bien almacenan grandes cantidades de carbono en su biomasa viva, se desarrollan sobre fondos rocosos, por lo cual no acumulan carbono en el mismo sitio donde viven y crecen”.

Pero la noción evolucionó. Luego de una década, ya no sólo interesa saber cuánto carbono es capaz de capturar el sistema oceánico a través de procesos biológicos, sino también cuánto es capaz de retener y almacenar por períodos de tiempo significativos. Para conocer la cantidad de gases de efecto invernadero que puede ser capturada y almacenada por los ecosistemas asociados al océano, han emprendido investigaciones profundas sobre las praderas de pastos marinos, los bosques de manglares y las marismas. “Estos ecosistemas vegetados de las costas son naturalmente muy productivos, capaces de secuestrar carbono en los sedimentos a través de las raíces de las plantas por largos períodos. A través de la fotosíntesis, fijan CO2 atmosférico, lo transforman en biomasa vegetal y luego, dependiendo de las condiciones del suelo y disponibilidad de sedimento, acumulan el carbono a altas tasas por unidad de área”, explica Guinder.

Además de enterrar una fracción de su propia producción, los sumideros de carbono azul reducen el flujo, alteran la turbulencia y atenúan la acción de las olas. De este modo, promueven la sedimentación y reducen la resuspensión de sedimentos. Guinder agrega que una particularidad de todos estos ecosistemas costeros -vegetados y de macroalgas- es que proveen numerosos servicios ecosistémicos asociados a la gran productividad, no sólo en la regulación del clima y la  protección costera frente al aumento del nivel del mar o eventos extremos como tormentas y mareas, sino que también albergan alta biodiversidad, proveen hábitat para alimentación y refugio de numerosas especies marinas de interés ecológico y comercial, y soportan actividades de recreación y turismo como el buceo o el avistaje de aves costeras.

Un foco en el sur

Marismas de Villa del Mar, Estuario de Bahía Blanca. Foto: Vanesa Negrin.

Las costas de Argentina poseen todos los ecosistemas denominados Blue Carbon, con excepción de los bosques de manglares, ya que son tropicales y subtropicales. “Contamos con extensas marismas de marea cubiertas por distintas especies de plantas halófitas -conocidas como plantas de sal-, generalmente asociadas a estuarios o aportes continentales de agua dulce, en sedimentos blandos como rocosos. Conocemos, por ejemplo, las marismas de Mar Chiquita, el Estuario de Bahía Blanca en la Provincia de Buenos Aires y las patagónicas, como las de la zona de Puerto Madryn y el sur en la Provincia de Chubut. También hay ecosistemas de pastos marinos sumergidos o intermareales y en el extremo más austral dominan los bosques de macroalgas”, enumera Guinder para dar cuenta del interés de los estudios en la región.

Según los relevamientos biogeográficos de marismas hechos en la última década, Sudamérica es una de las regiones más ricas del mundo en cuanto a la variedad de este ecosistema. “Aunque hay de todos los tipos, se puede decir que el paisaje en una típica marisma patagónica se compone de extensas praderas con aspecto de alfombras verdes, compactas y acolchadas, formadas por arbustales de picle de mar.  Las marismas más grandes de la Patagonia austral son la de Río Gallegos (2400 hectáreas) y San Julián (1370 hectáreas), en la provincia de Santa Cruz, donde la mayoría alcanza a sólo un puñado de hectáreas”, explica Alejandro Bortolus investigador del Grupo de Ecología en Ambientes Costeros del Centro Nacional Patagónico.

“El cambio climático afecta a todo el planeta, pero los efectos se hacen sentir especialmente en las zonas polares tales como, por ejemplo, el oeste de la Península Antártica. Todo lo que afecte la producción y la composición de las comunidades de macro y microalgas -tanto del plancton como del bentos- tendrá repercusiones sobre el resto del ecosistema y eso influirá en su capacidad de acumular carbono”, explica Irene Schloss, investigadora de CONICET en el Instituto Antártico Argentino y en el Centro Austral de Investigaciones Científicas.

En el extremo sur de América, en el canal de Beagle que conecta los océanos Pacífico y Atlántico habitan bosques de macroalgas, sistemas marinos que pueden constituirse en depósitos de carbono: “Se los podría considerar, también, productores de carbono azul, porque albergan numerosos organismos que contribuyen a este reservorio. Las macroalgas en general parecen producir grandes cantidades de carbono orgánico refractario, es decir, no degradable, por lo que cuando el alga muere, parte del carbono queda secuestrado, inmovilizado por largos períodos y alejado de la atmósfera”, puntualiza Schloss.

“En la actualidad sigue bajo discusión la incorporación de bosques de macroalgas marinas al concepto de blue carbon. Si bien son ecosistemas muy productivos y cumplen un rol clave en la fijación de CO2 atmosférico, estas macroalgas no tienen sistemas de raíces y no hay aún consenso en cuán eficiente sería su manejo para promover el secuestro de carbono en los sedimentos profundos más allá de las plataformas continentales”, explica Guinder. Por su parte, Schloss afirma: “Sin embargo, hace relativamente poco tiempo, se han encontrado restos de macroalgas en zonas muy profundas del océano, donde llegaron a través de la circulación y sedimentación, reforzando la idea del rol de estos organismos en los sumideros de carbono del océano”.

Este hecho ejemplifica que la incorporación de las algas a la categoría de carbono azul permanece abierta, y la discusión no es menor, ya que estos bosques cubren el área global más grande de cualquier ecosistema costero con vegetación. Las tres investigadoras pertenecen al Programa CoastCarb (Coastal ecosystem carbon balance in times of rapid glacier melt), una red de investigación internacional, con enfoque interdisciplinario, para comprender las consecuencias del cambio climático en los ambientes costeros del sur de la Patagonia y el oeste de la Península Antártica, una zona de las regiones del planeta donde más se hizo sentir el aumento de temperatura.

En síntesis, la comunidad científica aspira a una recopilación global de datos sobre la extensión de estos ecosistemas; los factores biológicos, biogeoquímicos y físicos que influyen en la fijación y acumulación de biomasa, y en el secuestro de carbono así como su cuantificación: “Hacen falta más estudios observacionales sostenidos en el tiempo, así como también es necesaria la consistencia en las mediciones de flujos, transformaciones y stocks de carbono para contribuir a bases de datos globales comparables y tener estimaciones confiables a la hora de tomar decisiones y elaborar planes de conservación y manejo”, resume Guinder.

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