Universidad y dictadura

“Uno entierra a sus muertos para llevarlos adentro”

Raúl Fernández es biólogo de Exactas. Ingresó al Colegio Nacional Buenos Aires en 1970 y llegó a Exactas en 1975. En esta charla, recuerda situaciones de violencia que vivió desde muy chico en el colegio secundario, evoca con tristeza la represión que se desató en el país luego de la muerte de Perón y rememora a algunos compañeros suyos desaparecidos y otros que tuvieron que exiliarse luego del golpe de 1976. También recrea el clima de temor que se vivía en la facultad por aquellos años, donde el silencio era una medida de seguridad.

24 Mar 2026 POR

¿Te acordás cuándo entraste al Colegio Nacional Buenos Aires?

– Sí, son cosas que no se olvidan. En diciembre del 69 di el ingreso al Buenos Aires con 10 años. En ese momento, no hacía falta tener el primario terminado para ingresar. Si vos aprobabas el examen, entrabas. En marzo del 70 empecé “el Colegio”, como lo llamamos.

¿Cuál era el clima que se vivía en el Colegio por esos años mientras el país era gobernado por una dictadura?

– Para darte una idea, me acuerdo que en ese primer año, un día llegué al colegio y había un gentío reunido en la Manzana de las Luces, era una protesta relacionada con Exactas o Arquitectura. Ese fue mi primer encuentro con un carro hidrante. Yo tenía 11 años y todavía me acuerdo de la sensación de recibir el chorro de agua, de la fuerza que tenía, era impresionante, me empujó contra las verjas. Terminé todo mojado. Y le gritábamos: “Policía Federal, la vergüenza nacional”.

En esa época el control represivo se ejercía también sobre cosas muy pequeñas, nimiedades, como el uniforme, el largo del pelo, y cosas así, ¿verdad?

– Sí, totalmente. Entre el 70 y el 73 la situación fue muy variable. Pero a partir del 72 se vino una onda muy represiva. En las puntas de los pasillos hicieron garitas de control. Había un jefe de preceptores que era un tipo de mierda. Me acuerdo que una vez me agarró afuera del aula y me llevó hasta el sótano del colegio y me pegó. Yo era un pendejo de 12 años y el tipo era un grandote de un metro ochenta. No me dejó marcas pero me apretó muy feo contra la pared y me dio un par de bofetadas. Ese mismo año, a mi promoción se le ocurrió hacer una protesta. Nos fijamos y el reglamento establecía que los chicos teníamos que asistir con pantalón gris y camisa azul y las chicas con el pelo recogido. Entonces, un día todos los chicos llegamos con pantalones grises pero cortos y las chicas peinadas con dos colitas y se pintaron lunares en la cara. Esa movida significó 20 amonestaciones para todos. Más de 20 quedamos libres y tuvimos que ser reincorporados. En fin, situaciones horrendas por boludeces. Me acuerdo que en la puerta nos controlaban que el pelo tenía que estar dos dedos arriba del cuello de la camisa. Fueron tiempos muy cambiantes, fijate que en el 73 se terminó aboliendo el uniforme y el centro de estudiantes tuvo voz y voto para la elección del rector.

“Yo tenía 11 años y todavía me acuerdo de la sensación de recibir el chorro de agua de los carros hidrantes, de la fuerza que tenía, era impresionante, me empujó contra las verjas”.

– ¿Cómo fuiste viviendo esos cambios que culminaron con el regreso de la democracia en marzo del 73?

– Yo lo viví con mucha libertad. Son cosas de diferente magnitud pero para mí, que sacaran el uniforme fue bárbaro ¡No tener que usar más corbata! Pero más allá de eso, con el Centro de Estudiantes fuimos a hacer actividades de vacunación en Retiro, discutimos el plan de estudios. Y apoyábamos el rector Raúl Aragón. Mi promoción se nombraba “los soldados de Aragón”.

¿Cuándo comenzó a resurgir el clima de violencia?

– Después de la muerte de Perón. En el 74, Puiggros renunció al rectorado de la UBA y el rectorado de Aragón pendía de un hilo. Así que tomamos el colegio como dos semanas para defenderlo. Una noche yo estaba yendo para el colegio y dos cuadras antes había un Jeep de la policía. Me paran, me preguntan dónde iba, me empiezan a revisar el morral y encuentran el Manifiesto Surrealista de André Bretton. Ahí empiezan a los gritos: ¡Andan con los manifiestos!, decían. Me suben al auto y me llevan a la puerta del Colegio donde me exhibieron durante 5 o 10 minutos ante los pibes que estaban en la toma. Después me llevaron a la comisaría segunda. Fue la primera vez que me metieron en cana.

– ¿La policía te llevó a la puerta del colegio para mostrarte frente a tus compañeros que estaban tomando el colegio? Es un mensaje terrible.

– Vos sabes que recién hace unos diez años que me di cuenta de eso. De que me llevaron para atemorizar a los demás, para advertirles que los iban a detener a todos. Y también fue horrible como me trataron en la comisaría. Me acuerdo que apoyaron las Ballester Molina arriba de los escritorios y me dijeron: “Si no te dejás de joder, una de estas balas va a ir a tu cabeza”. Y yo tenía 15 años. Después, a la madrugada, llamaron a mis viejos para que me pasaran a buscar.

– Este crecimiento de la violencia política, ¿impacta también en el colegio?

– Completamente. Pero quiero decir una cosa: la represión, el terrorismo de Estado y, voy a ser autocrítico, la concepción de la violencia como herramienta política, comenzó mucho antes del golpe del 76. Yo me acuerdo perfectamente cuando fusilaron a Ortega Peña en la 9 de Julio. Y también cuando, en el 74, velamos al “Roña” Beckerman en el colegio. El Roña era un exalumno del colegio que había egresado un par de años antes y lo fusiló la Triple A, creo que en Avellaneda. Velarlo en el colegio fue un hecho muy impactante. Fue una toma de posición política. Fue decir: “acá no queremos muertos”. Y eso ocurrió en el 74, no a partir del golpe del 76.

“Me acuerdo que apoyaron las Ballester Molina arriba de los escritorios y me dijeron: ‘Si no te dejás de joder una de estas balas va a ir a tu cabeza’”.

– ¿Cómo vivían ustedes, con apenas 15 o 16 años, ese tipo de hechos tan violentos?

– A mí todavía me sorprende la naturalidad con la que tomábamos esas situaciones. La palabra que se usaba era “cayó”. Juan “cayó”. Y esa era una de las posibilidades del menú. Pero uno sentía que tenía que enfrentar a estos tipos, que algún día se iban a ir. Porque la revolución cubana estaba cerca y el hombre nuevo se estaba construyendo. Eso era lo que imaginábamos. Después de la intervención de Ottalagano, una vez que terminó la toma, el colegio y toda la UBA estuvo cerrada durante más de un mes. Tuvimos clases desde fines de octubre hasta principios de diciembre. Fue todo un descalabro. Volvieron con el pelo corto y el uniforme otra vez. Y ahí yo lo único que quería era terminar el colegio.

¿Qué pasó con tu promoción una vez que se reabrió el colegio?

– El colegio reabrió con un nuevo decano que se llamaba Garda de apellido y al cual nosotros le habíamos puesto de nombre “Queca”. Un día, nosotros que éramos los más grandes del colegio, organizamos una levantada, pasamos por los cursos y convocamos a los estudiantes a una asamblea. En medio de la asamblea cayeron tipos armados. Nos corrieron, fue horrible. Todavía me acuerdo de pibes de primer año que se agarraban de mi y decían: “¡Nos van a matar!”. Después de eso el colegio volvió a cerrarse por un par de días. Yo lo que recuerdo es que las autoridades tenían muchas ganas de sacarnos del colegio. Y bueno, decidieron que no fuéramos más, que ya estábamos recibidos. Nos dieron un papel para que pudiéramos entrar en la universidad pero el diploma recién lo recibimos en el 84 después del regreso a la democracia.

En el 75 llegás a Exactas para estudiar Biología, ¿cuál era el clima que se vivía en la Facultad?

– En Exactas había un decano que ya había estado durante la dictadura anterior, un geólogo llamado Zardini. Y Zardini había decidido que ese año a la Facultad no iba a entrar ningún estudiante. Cupo cero. Y se implementó un curso que constaba de tres materias. Las primeras clases las tomamos en aulas del subsuelo y éramos unas 200 personas. Al final, se permitió el ingreso en el segundo cuatrimestre y yo me inscribí para Análisis 1. Incluso me acuerdo que el final lo di el 19 de diciembre del 75 y tuve que llegar caminando a Ciudad, desde Pampa y Alcorta, porque por esos días se había levantado el brigadier Capellini, en un intento de golpe de Estado y entonces toda la zona de Aeroparque estaba cerrada.

El 24 de marzo de 1976, se concreta el golpe de Estado. ¿Te acordás de ese día? ¿Qué pensabas que podía ocurrir?

– Aunque parezca una paradoja, lo recuerdo bien porque, en ese momento, para mí fue un día más. Yo trabajaba en una distribuidora de libros que tenía dos dueños. Ellos sabían que yo tenía ideas de izquierda. Uno de ellos era peronista y el otro radical, bien ortodoxos. Cuando ocurrió el golpe me preguntaron que opinaba y yo les dije: “Para mí es lo mismo”. Yo creía que no podía venir nada peor de lo que ya estaba ocurriendo con Isabel, Ivanissevich y Ottalagano. Y recuerdo que ellos, y quiero reivindicarlos, me dijeron: “No te equivoques Raúl, los golpes nunca solucionaron nada”. Hoy, siento que hay como una demanda entre la gente que no vivió esa época que me dicen: “Qué terrible ese día, me imagino que no habrás podido dormir”. Sabés lo que pasa, es que ya venían matando gente desde un año y medio antes. Claro que nunca nos imaginamos que los que venían iban a tirar personas vivas de aviones.

“En el 77 se metieron en mi casa. A mi hermano le fisuraron una costilla. A mi hermana le martillaron en vacío en la cabeza. Estaban buscando a una persona con nuestro mismo apellido”.

– ¿Se vivió un cambio fuerte en la Facultad después del golpe?

Yo personalmente no recuerdo un cambio abrupto. Pensá que Zardini ya estaba desde antes del golpe y continuó en el cargo. En el 76 cursé Introducción a la Zoología y Química Inorgánica. Yo laburaba 6 horas por día y venía recién a la tarde. Estuve 9 años en la facultad. En realidad, me fui dando cuenta del nivel de represión y control con el tiempo. Doy fe que en el 77 empezaron a aparecer nuevos alumnos que no habían estado nunca. Eran servicios. También te puedo decir que yo no hablaba con nadie. El hecho de saludar a un pibe que estaba marcado te podía comprometer. Y vos no sabías quién estaba marcado y quién no. No hubo un cambio abrupto pero el clima se fue enrareciendo cada vez más. Tenías que entrar a la facultad con la libreta universitaria y el retén estaba en la puerta del Pabellón. Y si no tenías la libreta no entrabas. Me acuerdo que en el 78 tenía que dar un examen de Química Biológica, me había quedado a estudiar en la casa de un amigo y me di cuenta de que no tenía la libreta. Me mandé para pasar entre varias personas, pero me pararon. Yo les dije que tenía un examen pero no me dejaban pasar. Entonces mi amigo me dijo: “Voy a buscar a la docente”. La docente bajó, discutió con el cana y no hubo caso, no me dejaron entrar. Es decir, un cana de veintipico de años tenía más autoridad que mis docentes.

– ¿Recordás algún otro hecho represivo que hayas vivido en la Facultad?

– En el segundo cuatrimestre del 76 yo empecé a cursar Introducción a la Botánica. En esa materia te daban un cajón que contenía los elementos para la cursada para 4 o 5 estudiantes. Con ese cajón empezamos cuatro personas: Graciela Fainstein, Pupi Cobo, Luis Bull y yo. Una noche, por el mes de octubre, nos juntamos en la casa de Graciela. Comimos unas pizzas y yo me fui a eso de la 1 de la mañana. Pupi se quedó a dormir en la casa y también estaba el novio de Graciela. Diez minutos después de que me fui, las fuerzas de seguridad entraron a la casa y se llevaron a los tres. Por suerte volvieron a aparecer a la semana. Pero apenas los soltaron se fueron al exterior. Y a Luis la familia lo mandó a México. Así que, en diciembre, me quedé yo solo con el cajón. Y los pibes del cajón de al lado vieron que me quedé solo y no preguntaron nada. Los docentes tampoco. No era tema de conversación.

En ese escenario, ¿no tenías miedo de que vinieran por vos?

– Es que vinieron por mí. En el 77 se metieron en mi casa. Resulta que se llevaron a un pibe que había sido compañero de la secundaria y de la Facultad. Lo habían chupado y yo no sabía nada. A mi vieja la habían operado y yo pasaba las noches con ella en el Centro Gallego. Una mañana, bien temprano, llega mi viejo, me agarra de un brazo y me dice: “Vinieron a casa. Lo golpearon a tu hermano, tiene una costilla fisurada. Le martillaron en vacío a tu hermana en la cabeza”. Estuvieron como cinco horas en mi casa, tiraron todo abajo. Estaban buscando a una persona con el mismo apellido que había sido compañera mía del secundario. Y mi viejo, a pesar de todo lo vivido, lo primero que me dijo es: “Tenés que avisarle que la están buscando” (recuerda y se le humedecen los ojos). Ese día volví para mi casa a las 6 de la tarde porque iba a venir un compañero de la facultad a buscar unos apuntes. El tipo llegó y mi casa era un caos, todo tirado en todas las habitaciones. Entonces me pregunta: “¿Qué pasó?”. “Estamos ordenando porque capaz que nos mudamos”, le contesté. Le di los apuntes y se fue. Estoy seguro de que el tipo sabía lo que había pasado en mi casa, pero no dijo nada. Y yo tampoco se lo pude decir.

¿Viviste alguna otra situación en la cual vos o alguno de tus compañeros hayan sido víctimas de la represión ilegal?

– En el 76, a Alejandro Valente, un estudiante de física que había sido también compañero de mi promoción en el colegio, lo fueron a buscar, lo golpearon y lo picanearon en la casa. De casualidad, yo pasaba por ahí y se me ocurrió ir a verlo. Me agarraron y me tuvieron tres horas en el estacionamiento de abajo, golpeándome y cotejando mis respuestas con las de Alejandro. La familia de él decidió mandarlo al exterior a la semana. Alejandro se fue a España, al igual que Graciela Fainstein. Los dos me pidieron que les tramitara el certificado de materias aprobadas para poder seguir estudiando en España. Fui a Alumnos y me atendió una persona de unos 50 años, le expliqué la situación y me dijo que viniera a buscar los papeles en unos días. Al mes, fui con otro caso, entones me miró, me llevó a un costado, y me dijo: “Dame todos los datos pero tratá de que no te vean gestionando cosas para gente que está en el exterior”. No se cómo se llama ese nodocente, pero esa persona me cuidó (dijo visiblemente emocionado) y yo quiero recordarlo.

“En el 81 fui a Europa y estuve con amigos exiliados. Ellos me mostraron fotos y me dijeron que los milicos tiraban gente al mar desde aviones. Yo pensé que no podía ser, que era verso”.

– En ese marco de tanta violencia, ¿no evaluaste irte al exterior?

– No había guita. Y mi viejo, al igual que yo, pensábamos que había que apechugarla, que había que bancar los trapos. A pesar de todo, no teníamos una clara conciencia de la gravedad de lo que pasaba. De haberlo sabido, seguro que mi viejo me metía en un avión y me sacaba del país. Mirá, yo fui a Europa en el 81 y estuve con amigos exiliados. Me mostraron fotos de cadáveres aparecidos en las costas de Santa Teresita y de Uruguay. Y me contaron que eran tipos que tiraban al mar desde aviones. Yo estaba viajando con dos o tres amigos y les dije: “Esto no puede ser, es demasiado, ya es verso”. Vos no sabías lo que había detrás de escena.

Teniendo en cuenta el escenario de miedo y silencio que reinaba, ¿cómo te enterabas si se llevaban a algún compañero tuyo? ¿De qué manera circulaba esa información?

Yo en la Facultad me cuidaba mucho. Lo que sí, yo tenía un grupo de ex compañeros del Buenos Aires con el que teníamos un círculo de amigos con los que compartíamos las cosas. Vos sabés que no tengo ningún amigo de esta Facultad. Es que el silencio era una medida de seguridad.  Mirá, dos de mis compañeros de promoción que estudiaban física acá, Beto Gutmann y Juan Carlos Losoviz, desaparecieron en septiembre del 76. Yo nos los veía mucho, pero cuando nos cruzábamos apenas nos saludábamos. Había que cuidarse mucho. Yo sabía que había gente que desaparecía por mis compañeros. Mirá, había algo que se llamaba “control”. Yo tenía un chico muy amigo de la secundaria que estaba en la JP. Con él me encontraba una vez por mes en el café Paulista de Corrientes y Pueyrredón. Y ahí pasábamos revista. Me decía: “Mirá, este y este cayeron, estos otros se fueron afuera, este esta bien”. Es decir, vos pasabas esa información pero tenías que tener mucho cuidado a quién se lo contabas porque podía ser usada en tu contra. Y yo solo la compartía con mis compañeros del secundario.

– ¿Durante tu cursada se implementó el pago de un arancel en la Facultad?

– Sí, en el 81. Yo me negué a pagarlo y le escribí una nota al decano. Yo trabajaba desde el 78 como ayudante en Introducción a la Botánica. Entonces mi argumentación fue que yo no le iba a pagar a mi empleador. Y bueno, tuve consecuencias: no me dejaron dar exámenes. Y me acuerdo de haber participado en el 82 de una quema de chequeras que se hizo entre los pabellones 1 y 2. Finalmente, me recibí el 28 de diciembre del 83. Elegí esa fecha porque era el día de los inocentes y porque quería que mi diploma estuviera firmado por un decano que no fuese un dictador.

¿Qué opinás acerca de la necesidad de realizar actividades para mantener viva la memoria de lo ocurrido durante la última dictadura?

– Me parece bárbaro. Yo participé en el año 82 de la confección del primer cartel con los nombres de los desaparecidos de la Facultad. Uno no puede ver claro para adelante si no sabe qué hay atrás. Confieso que también la memoria se crea y se recrea, se consensúa. Y tal vez es una puja, pero que son 30 mil son 30 mil. Hay muchos pibes que que ya no están (dice con la voz quebrada). Es duro. Uno entierra sus muertos para llevarlos adentro. No hay que olvidar. Y los negacionistas tienen todo una serie de argumentos para justificar hechos atroces. No lo podemos permitir. El Estado no puede llevar a cabo acciones terroristas contra su propia población. Y yo no quiero que mis hijos ni mis nietos tengan un Estado así.

 

Archivo Oral de la Memoria

El testimonio completo de Raúl Fernández, que dio origen a esta entrevista, forma parte del Archivo Oral de la Memoria de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. El sitio reúne el testimonio de más de 30 personas que estudiaron en la Facultad durante la década del 70.