Regreso de investigadores

La doble vuelta

perfiles — por el 31/05/2012 a las 13:20

Amaicha Depino se recibió de bióloga en Exactas. Después de completar su doctorado en el Instituto Leloir decidió viajar a Europa para hacer un posdoc. Finalizada su formación no tuvo dudas en retornar, primero al país y luego a la Facultad. En esta entrevista describe su experiencia en Italia y destaca los cambios producidos en el sistema científico argentino.

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Amaicha Depino volvió al país y a la FCEN luego de terminar su formación posdoctoral en europa.

Entrevista a Amaicha Depino

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– ¿Cuándo empezaron tus estudios?

– Entré en el 94 a la Facultad para estudiar biología. Cursé la orientación en fisiología animal y me recibí a principios del 99. En ese momento tenía ganas de irme y de quedarme (risas). Yo estaba haciendo la tesis de licenciatura en lo que era la Fundación Campomar (actualmente Instituto Leloir). Estaba allí junto con una amiga que había entrado un poco antes. Ella se quería quedar, con lo cual yo no tenía lugar en el laboratorio para hacer el doctorado. Pero al final ella se fue y entonces, quien era mi director, Fernando Pitossi, me dijo que me presentara al Conicet. Me salió la beca y me quedé en Campomar.

– Al terminar el doctorado ¿estabas decidida a viajar?

– Lo terminé a principios del 2004 y sí, ya estaba convencida de hacer un paso por el exterior. Por suerte, a pesar de la crisis, siempre hubo fondos en el laboratorio así que pude trabajar bien. Tuve varias becas para ir a congresos en el exterior con lo cual tampoco estuve aislada. Y por eso siento que no me fui porque “me tenía que ir” sino que fue un proyecto de crecimiento y de experiencia personal.

– ¿Cómo fuiste organizando tu viaje?

– Yo sabía que quería ir a Europa, no a Estados Unidos. Y tenía claro que quería hacer conducta animal.  Me contacté con cinco grupos y finalmente me incorporé al European Molecular Biology Laboratory (EMBL) cuya central está en Alemania, pero yo fui a una estación de biología del ratón en Monterotondo que es en las afueras de Roma. Viajé en mayo de 2004 con una beca posdoctoral del propio EMBL.

– ¿Cómo fue tu adaptación en Europa?

– Fue fácil. Tuve la ventaja de que me fui a vivir con una amiga que ya estaba allí. Lo que me llamó la atención de los italianos es que tienen una relación extraña con la autoridad. Eso se ve en lo cotidiano, por ejemplo, el mandato de que no podés ponerle queso a determinadas pastas. Llega a tal punto que se lo pedís y el mozo te dice: “yo no te voy a traer queso rallado”. Y eso se transmitía a todas las esferas de la sociedad incluida la ciencia. En las universidades italianas estaba eso de “lo dice el profesor, entonces es así”. Esa es la antítesis de nuestra forma de estudiar en la Facultad. A mí eso me chocaba mucho.

– ¿Hubo algo, en términos de trabajo, que te llamara la atención?

– La verdad que no. Eso fue parte de lo que me convenció de volver. El EMBL tiene mucha estructura y había tecnología para hacer un montón de cosas pero nunca sentí que hubiera un abismo respecto de lo que yo hacía acá. Había muchos recursos pero al momento de pensar las ideas, era igual o hasta estábamos mejor parados porque tal vez, al estar acostumbrada a cuidar los recursos, pensaba mucho más un experimento antes de hacerlo. Sí es cierto que cualquier cosa que a uno se le ocurría, al día siguiente tenía el reactivo y lo podía hacer.

– Vos, cuando te fuiste, ¿ya tenías la idea de volver?

– Yo me fui diciéndole a mi director: voy a volver. Tal vez era mi forma de poder irme. En algún momento tuve la idea de quedarme pero se me pasó rápido. Algo que pesó mucho es que yo necesito sentirme parte de algo más grande. Y eso afuera es difícil. El instituto nunca iba a ser mi instituto, Italia nunca sería mi país. Y además leía lo que empezaba a gestarse en Argentina y me daban ganas de volver.

– ¿Cómo fuiste organizando tu regreso?

– Lo primero que hice fue llamarlo a Pitossi y le dije: ¡quiero volver! Una vez que tuve su OK apliqué para entrar a carrera del Conicet. Después, cuando ya estaba por regresar, también apliqué a la beca de reinserción. Entonces, llegué en julio 2006 y en agosto ya estaba cobrando. Fui a trabajar al Leloir. La entrada a carrera me salió para el mes de octubre y empecé a cobrar para enero del 2007. También me dieron uno de los subsidios de repatriación que te cubren los gastos ocasionados por el regreso, como el pasaje, etc.

– Vos, cuando volviste, fuiste a trabajar al Instituto Leloir, ¿cómo llegaste a Exactas?

– Esa es mi segunda repatriación (risas). En el 2009 hubo un concurso del FBMC en el cual yo gané un cargo de JTP exclusivo. Y entonces hubo todo una discusión acerca de si correspondía el cargo exclusivo si yo trabajaba en Leloir. Yo aclaré que si me daban un lugar para trabajar, yo me venía. Le pedí una entrevista a Aliaga y le dije que me gustaría venir a Exactas, el Departamento también me dio su apoyo. Y bueno, apareció un espacio, se hizo un concurso para jóvenes investigadores, fui una de las ganadoras y me vine. Volví hacia mediados del 2010.

– ¿Creés que las mejoras en el sistema científico que percibiste a partir del 2004 se han profundizado?

– Creo que hay muchísimos más recursos que antes, eso seguro. Pero también somos muchísimos más. No sólo se repatriaron más 800 investigadores sino que ahora mucha gente no se va. Estamos viviendo un cambio pero siempre falta algo. Ahora falta espacio, tal vez algunos subsidios. Pero en la Argentina en la cual yo hice el doctorado me hubiera sido muy difícil, a esta altura, estar armando mi grupo de investigación. Seguramente todavía seguiría siendo posdoc en algún lugar del mundo porque no hubiera podido volver. La situación es claramente distinta.

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