
Un tornado arrasó a mi ciudad
A principios de mayo, la localidad bonaerense de Las Flores cobró centralidad por la aparición de un tornado que destruyó una casa y dejó una ráfaga de daños. Un equipo de investigación fue al lugar y realizó un relevamiento para medir la intensidad del fenómeno. Por primera vez en el país, se aplicó una de las escalas internacionales más utilizadas para ese fin. El trabajo busca ampliar el conocimiento sobre cómo se generan estas tormentas.
Javier es capataz en un campo. Se preparaba un mate cuando vio el inicio de un temporal digno de un espectáculo terrorífico a unos trescientos metros de distancia. Fue a la altura de un monte lleno de eucaliptos. “Tardó siete minutos en llegar y duró diez”, relatará más tarde. En ningún momento dudó sobre lo que estaba pasando: era un tornado. Corrió a avisarle a su jefe y lograron guardar la camioneta dentro de un galpón que ya no pudieron cerrar, la fuerza del viento lo impidió y su portón quedó destruido.
En un campo cercano, veinte ovejas fueron barridas y terminaron aplastadas contra el alambrado. Algunas vacas se quebraron al ser levantadas y arrojadas al suelo. Hubo postes de luz arrasados y árboles robustos totalmente lijados. Fue el 6 de mayo por la tarde en la localidad bonaerense de Las Flores, a 190 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires.
Una semana más tarde, el equipo dirigido por Paola Salio, investigadora del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA, UBA-CONICET) y profesora del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos de Exactas UBA, se encontraba allí buscando los rastros del temporal. “Es un trabajo de detectives –comenta–. Es la primera vez que hacemos una evaluación de daños sobre el terreno. Fuimos a estudiar dónde ocurrió, cuál fue la traza, el ancho y los tipos de daños para evaluar la intensidad del viento”.
Un tornado es un evento que se desarrolla con una escala muy pequeña en espacio y tiempo. Éste, en particular, tuvo una traza de veinte kilómetros de largo y diez metros de ancho.
“En general, un tornado es un evento que se desarrolla con una escala muy pequeña en espacio y tiempo. Éste, en particular, tuvo una traza de veinte kilómetros de largo y, aproximadamente, diez metros de ancho”, detalla la investigadora. Además, aclara que la estación meteorológica más cercana se ubica a cuarenta kilómetros de distancia y reportó vientos de entre 40 y 50 kilómetros por hora. “Los daños que vimos están asociados a una intensidad del viento de 290 kilómetros por hora”, afirma.
Salio explica que cuando el tornado es muy intenso, los sensores de vientos se pueden dañar. “En general los instrumentos no están preparados para esos rangos, salvo en la Antártida donde esa intensidad es frecuente”, comenta. Y suma: “La forma de estimar la intensidad de los vientos es a través de los daños. En este evento se cayó una torre de alta tensión, que resistía hasta 200 kilómetros por hora. Así, podemos decir que la intensidad del sistema superó esa magnitud”.
La cocina del tornado
“La tormenta que generó este tornado se llama supercelda y requiere una termodinámica y una dinámica especial y ciertas condiciones de temperatura y humedad. Una característica central es que la ascendente, es decir, la zona donde el aire sube, rota. Es su ascendente rotante lo que la hace capaz de generar fenómenos severos. Eventualmente, pueden generar tornados, pero en nuestro país son muy graniceras. Tener conocimientos sobre este tipo de tormentas y categorizarlas mejor es algo que nos entusiasma”, comparte Salio.
La experta aclara que hay más reportes de granizo que de tornados: “Si bien aún no lo podemos demostrar científicamente, pensamos que nuestro país tiene características que hacen que las superceldas sean mayormente graniceras. Durante un tiempo creímos que se debía a la falta de reportes, pero hoy con los smartphones y las redes sociales hay más gente registrando estos eventos. Entonces, no lo podemos asegurar, pero creemos que nuestras tormentas no presentan mayormente la posibilidad de rotar en capas bajas como sí ocurre en Estados Unidos y otras partes del mundo. Por eso tendrían menos chances de ser tornadogenéticas”, explica.
Hubo una casa totalmente arrasada. Se estima que allí el viento llegó a 290 kilómetros por hora.
Desde el equipo señalan que hay “toda una cocina previa” para que se formen tormentas así. Sin embargo, los tornados no son fáciles de prever. Así lo expresa la investigadora: “Veníamos viendo una supercelda tras otra y, de hecho, el área está dentro de un polígono en el que el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) alerta sobre la presencia de tormentas, pero no contamos con un polígono de tornados”.
“En este caso, mucha gente sobre Ruta 3 pudo filmarlo, pero si ocurría más adentro, tal vez no teníamos imágenes. Si nadie lo registra, no podemos asignar los daños a un tornado porque existen otros fenómenos que también los causan”, explica Maite Cancelada, profesora del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos de Exactas UBA y parte del grupo. El equipo se completa con Vito Galligani, investigadora del CONICET en el CIMA, Gabriela Nicora, investigadora del Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas para la Defensa (CITIDEF) y Adrián Sinclair, ingeniero y colaborador independiente. A su vez, realizan este trabajo junto al Laboratorio de Tormentas Severas de Europa. Sus resultados fueron publicados en un informe de libre acceso.
Detectives en el campo
“Es la primera vez que tenemos acceso a un tornado y a su intensidad, porque pudimos ir a pesar de nuestros bajos presupuestos”, expresa la investigadora. Según explica, los daños difieren mucho en una corta distancia, porque el tornado ocurre en un espacio angosto. “Hubo una casa totalmente arrasada, pero atrás había unos árboles a los que apenas se les volaron algunas ramas. En la casa se estima que el viento llegó a 290 kilómetros por hora y atrás, probablemente, a 80 km/h”, ilustra. Y completa: “Es imposible medir con un sensor cada diez metros, por eso estas evaluaciones son importantes”.
Para la investigadora, contar con un conocimiento vasto de dónde ocurren estas tormentas y cuáles son los entornos que las favorecen, de algún modo, ayuda a mejorar los pronósticos meteorológicos. “Si contás con un modelo que indica que se va a dar una tormenta con estas características, uno puede mejorar el pronóstico y evaluar mejor la posibilidad de un tornado o una tormenta con características especiales”, explica.
El trabajo implica entrevistar a las personas involucradas, observar el lugar, relevar daños y clasificarlos. “Tuvimos suerte en cruzarnos con un señor que justo estaba reemplazando el alambrado, si no lo encontrábamos, hubiésemos perdido su relato y ese registro”, expresa Galligani. También comentan que al observar rejas y postes no dañados se desorientaron, creyendo que el tornado no había pasado por allí, aunque después notaron rastros de que habían sido recientemente reemplazados.
En un campo cercano, 20 ovejas fueron barridas y terminaron aplastadas contra el alambrado. Algunas vacas se quebraron al ser levantadas y arrojadas al suelo.
“Cuantos más indicadores tenemos, si apuntan a resultados similares de la escala, más robusta es la estimación sobre la intensidad que tuvo”, aporta Galligani. La escala en cuestión –la Fujita Internacional– brinda diferentes indicadores de daño, con distintos niveles ya establecidos. Por ejemplo, se toman en cuenta vehículos, edificios, casas, graneros o árboles, atendiendo a sus características, como el grosor de las paredes o el tipo de árbol. “Se encuentran desde paredes muy débiles a estructuras súper fuertes y determinamos un tipo de categoría. Viendo la casa totalmente destruída, la tabla indica que el tornado fue de categoría IF 3 y que el viento fue superior a 290 kilómetros por hora”, agrega.
“Buscamos las distintas señales, como un investigador privado. Identificamos los daños y los categorizamos. Entonces, en la transecta del tornado se va estableciendo qué intensidad tuvo en cada lugar. Por suerte no hubo ninguna fatalidad. Quienes vivían en la casa destrozada fueron rescatados de los escombros y están siendo asistidos por la Municipalidad, ya que lo perdieron todo. Imaginamos que no era muy sólida”, refuerza Salio.
Por su parte, Cancelada agrega: “El daño también está asociado a la vulnerabilidad, porque donde inició había casas más sólidas, muy nuevas y estables, que no se dañaron. No obstante, el tornado pasó, lamentablemente, justo por donde estaba la casa”. También relatan que los árboles que estaban cerca, grandes y robustos, quedaron lijados y sin ramas, algo que no es moneda corriente y sólo se observa con tornados de esta intensidad o superiores.
¿Cambio climático, está?
Ante catástrofes así, la posible incidencia del cambio climático ya es vox populi. En este caso, las investigadoras relataban que los mismos involucrados ponían esa hipótesis sobre la mesa. Sin embargo, la ciencia es más cautelosa. “Al no contar con reportes históricos de libre acceso, en particular sobre tornados, es muy difícil hablar de aumento o disminución por efecto del cambio climático”, sentencia Salio.
El daño también está asociado a la vulnerabilidad, porque donde inició había casas más sólidas, muy nuevas y estables, que no se dañaron.
Otra duda proviene del aumento de registros por las filmaciones populares y las publicaciones en redes sociales. Si se observa un aumento, ¿se debe a que hay más gente que los ve y registra? Ante esa ausencia de reportes históricos, es difícil saberlo. “En cuanto a granizo, dependiendo de las regiones, sí contamos con más reportes –matiza la científica–, pero al tratarse de pocos eventos al año, cuesta apreciar tendencias significativas a lo largo de muchos años”.
Con las tormentas ocurre algo similar: los radares que muestran su ocurrencia tienen aproximadamente sólo una década en funcionamiento. A su vez, los modelos que simulan escenarios climáticos tampoco son muy fiables: “Las tormentas no son fáciles de simular en ningún lugar. Las argentinas, cuando son extremas, tienen un complemento extra: es uno de los pocos lugares del mundo en donde pueden llegar a casi veinte kilómetros de altura. Entonces, desde el punto de vista del cambio climático, no podemos aventurarnos a ninguna conclusión, prefiero decir que no lo sabemos”, concluye Salio. Cancelada agrega que las tormentas superceldas dependen de muchos factores: “Aislar cada uno es lo más complejo, no podemos asegurar cuál se estaría intensificando, incluso contando con una serie larga de reportes”, señala.
“No todas estas tormentas desembocan en el desarrollo de fenómenos severos”, suma Salio. Y cierra: “Necesitamos más reportes de tornados y conocer su intensidad, o de tormentas de granizo y conocer sus diámetros, para tener una prospectiva de lo que pasó y hacia dónde podría avanzar, y si el cambio climático puede afectarnos o no en el futuro. Es un área de investigación muy interesante que se está abordando en muchos países. Por nuestra parte, hacemos investigaciones en base a estos entornos asociados a las tormentas, la idea es seguir en esa dirección usando la mayor cantidad de información que podamos”.
Se buscan testigos
El trabajo que realizan depende, en gran parte, del reporte ciudadano. Salio relata que existió un proyecto del exMinisterio de Ciencia y Tecnología para generar una herramienta de reporte con un chatbot de Whatsapp, pero quedó trunco por el corte de recursos.
Además, vienen trabajando desde hace años en la Base de Datos de Amenazas Meteorológicas y sus Impactos de América del Sur (SAMHI). Es un mapa sudamericano en el que cargan todos los reportes de eventos confirmados en el que participan junto a un grupo del CITEDEF, un equipo del SMN, meteorólogos de Brasil, un grupo dedicado a tornados en Chile y colaboradores de Paraguay y Uruguay.

