Sin alarma (por ahora)
Desde marzo cunden en medios y redes sociales anuncios alarmantes sobre la llegada de un “Súper Niño” hacia la segunda mitad de 2026, a partir de las altas temperaturas que se registran en el Pacífico ecuatorial. Sin embargo, los expertos piden cautela y, si bien son muchos los indicios de que el fenómeno climático se producirá este año, afirman que aún es muy pronto para predecir cuál será su real intensidad.
“Alerta por la llegada de un Súper Niño”. Con matices, de modo más cauto o decididamente alarmista, la noticia de un evento climático sin precedentes en ciernes aparece en todos los portales desde marzo, acompañada de datos y evidencias que, aunque parciales, no parecen dejar resquicios para la duda. Y sin embargo, los expertos piden no sacar conclusiones apresuradas.
El fenómeno llamado El Niño-Oscilación del Sur (ENSO, por sus siglas en inglés) es un evento climático natural que se caracteriza en su fase cálida por un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Océano Pacífico ecuatorial que fluyen hacia las costas de Ecuador y Perú. El último se registró en 2023-24. Ocurre con una frecuencia irregular, de entre 2 y 7 años, y provoca severas alteraciones climáticas en casi todo el planeta, que en Sudamérica se traducen en precipitaciones extremas y graves inundaciones, y en otras regiones, como Asia, Australia y África, en intensas sequías, acompañadas por un aumento de la temperatura global.
¿Habrá un Súper Niño este año o aún es muy prematuro afirmarlo? “Creo que todavía es pronto para decir cuál va a ser la intensidad del evento –sostiene Marisol Osman, investigadora del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA, UBA-CONICET), abocada desde hace años al estudio de la variabilidad climática en el Hemisferio Sur, con particular énfasis en la predictibilidad y el pronóstico del clima a escala estacional en Sudamérica–. En los últimos meses se ha dado una lectura relativamente acrítica de lo que muestran los pronósticos. Diría que se ha tomado una práctica del pronóstico meteorológico, que consiste en analizar modelos de aquí a diez días, para pronosticar lo que va a suceder con el clima de aquí a diez meses. Y si uno empieza a rascar un poco ese pronóstico, ve que hay muchos aspectos que obligan a ser cautelosos. Sabemos que en esta época del año, la confiabilidad de los pronósticos todavía es baja para predecir eventos ENSO”.
El fenómeno El Niño provoca severas alteraciones climáticas en casi todo el planeta, que en Sudamérica se traducen en precipitaciones extremas y graves inundaciones.
Hay en el monitoreo de El Niño un concepto crucial para los pronosticadores, que es la “barrera de predictibilidad de la primavera”, en referencia, claro, a la primavera del Hemisferio Norte. “Ese concepto fija un criterio, indica que tenemos un límite respecto de cuan lejos podemos predecir –señala Pedro Di Nezio, meteorólogo argentino reconocido por sus trabajos sobre teoría, simulación y predicción de El Niño en universidades estadounidenses–. Los pronósticos de El Niño en esta época aún no son muy confiables, tienen mucho ruido. Hoy, cualquier fluctuación puede hacer que el pronóstico evolucione en distintas direcciones. Después, a medida que nos acercamos a junio, el sistema se vuelve más determinista: si va en una dirección, seguirá así, porque entonces ya empiezan a interactuar el océano y la atmósfera”.
“Lo que hay que entender –agrega el investigador, que en 2025 participó como invitado del programa de Profesores Visitantes en el Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos (DCAO) de Exactas UBA y este año volvió a radicarse en el país– es que los pronósticos climáticos dependen del océano, que se mueve más lento. La atmósfera se mueve muy rápido: por eso el tiempo se puede predecir una semana y ya después la turbulencia hace que se pierda la capacidad de predicción meteorológica. Entonces, podemos mirar ocho, nueve meses, lo que ocurre en el océano, pero ese efecto después debe comunicarse a la atmósfera y es la atmósfera la que lo lleva a impactar, entre otras regiones, muy lejos del Pacífico tropical”.
“Hoy, con la información que tenemos sobre la temperatura del agua en los primeros metros bajo la superficie del Pacífico, todo indica que las chances para el desarrollo de un evento El Niño para la próxima primavera y verano, en la Argentina a partir de septiembre, son muy altas –admite Osman–. De hecho, está descartada la ocurrencia de una Niña, la fase fría de ENSO”.
Los pronósticos de El Niño en esta época aún no son muy confiables. Hoy, cualquier fluctuación puede hacer que el pronóstico evolucione en distintas direcciones.
“El desarrollo de El Niño ya está encaminado; la gran incógnita ahora es qué intensidad alcanzará”, agrega Di Nezio. “Los signos están, pero hay que entender que El Niño no depende solo del calor acumulado bajo la superficie del océano. Ese calor ya está avanzando hacia el este y emergiendo en el Pacífico ecuatorial, pero para que el fenómeno se consolide, la atmósfera tiene que responder con patrones de viento que refuercen el calentamiento”, recalca Osman.
En rigor, el término Súper Niño sólo aparece en los medios. Los investigadores hablan más bien de eventos de intensidad extrema. En el de 2015-16, alguien acuñó el término El Niño Godzilla. “Tratamos de no utilizar estos nombres en la literatura. Es verdad que popularmente a veces se los cataloga así –concede Osman–, pero no vas a leer sobre un ‘Súper Niño’ en las webs de los principales centros que monitorean constantemente El Niño y emiten las alertas”. Eso centros reciben información en tiempo real de varias decenas de boyas equipadas con sensores que miden las fluctuaciones de temperatura, salinidad y vientos en el Pacífico tropical.
Osman ilustra cuán complejo es manejar las expectativas en esta disciplina. “Los pronosticadores tenemos un chiste: ‘No se sabe qué va a pasar con El Niño’, dice uno, y el otro responde: ‘Debe ser marzo’. Porque todos saben que es muy difícil predecir con tanta antelación la intensidad de El Niño.”
¿Está influyendo el calentamiento global en la intensidad del fenómeno? “Por lo pronto, parecería influir mucho en la interpretación de algunos pronósticos que leímos en estos meses –responde la investigadora del CIMA–. Pero lo cierto es que El Niño es un fenómeno natural muy estudiado, generado por la variabilidad interna del sistema océano–atmósfera en el Pacífico tropical. Otra discusión distinta es cómo un planeta más cálido puede modular sus impactos, pero el fenómeno en sí no deja de ser parte de la variabilidad natural del clima”.
El Niño no depende solo del calor acumulado bajo la superficie del océano. Para que se consolide, la atmósfera tiene que responder con patrones de viento que refuercen el calentamiento.
“En concreto, en este momento estamos viendo que emerge el agua caliente. Pero el océano tiene que comunicar eso a la atmósfera, y eso todavía no ocurre. Se activa en junio, julio –advierte Osman, docente del DCAO de Exactas UBA–. De hecho, podría suceder que si todo el océano se calienta pero no se genera un contraste entre lo que pasa en un lugar y lo que pasa en otro, la atmósfera ni siquiera responda, y muchas veces es necesario ese contraste, que una zona se caliente más que otra, para que se produzca un cambio en el patrón de vientos y en el patrón de presión y definitivamente se desencadene este fenómeno, que es de acople: arranca en el océano, pero es amplificado por la atmósfera.”
Di Nezio es enfático respecto a los avances en el estudio de este fenómeno y la importancia de que sea más estudiado en el país: “La base de la predicción de El Niño es el movimiento de las ondas de Kelvin en el Pacífico ecuatorial y su interacción con la atmósfera. Ese análisis ha funcionado para explicar un montón de eventos en el pasado y es lo que hoy hace que funcionen los sistemas de pronóstico”.
Como el fenómeno, en su etapa costera, se desata en Navidad, los pescadores de Perú, que padecían la merma de peces por el agua caliente, lo bautizaron El Niño. Eso fue a fines del siglo XIX, pero ENSO es, claro, más antiguo que el ser humano. “Hay registros geológicos que demuestran que El Niño siempre existió, que fluctúa, que tiene etapas en las que puede ser más intenso o más débil, y que afecta a todo el planeta. Lo importante es que es predecible, que lo entendemos –asegura Di Nezio–. Pero no podemos tener predicciones tan tempranas, es cuestión de esperar. Recién cuando se conozca el reporte de junio de la NOOA (National Oceanic and Atmospheric Administration), habrá mejores indicios y todo va a estar mucho más claro. Y eso nos va a dar un tiempo para tomar recaudos, porque esto afecta en la Argentina, a partir de la primavera, a muchos sectores productivos estratégicos, en particular, al campo”.
Di Nezio insiste en la importancia de comunicar que “aún es pronto para predecir exactamente la intensidad del fenómeno. Pero eso no significa que el pronóstico actual no sea útil: hoy sabemos que las probabilidades de que este año regrese La Niña son prácticamente nulas. Y eso no es poca cosa. En nuestro país hay una memoria muy marcada de La Niña, porque ha estado asociada a sequías severas, y como hace años que no tenemos inundaciones graves vinculadas directamente a El Niño, ese recuerdo de la sequía aparece hoy con más fuerza. Por supuesto, si se confirma un Niño de gran intensidad, puede ser un problema para la cuenca del Río de la Plata”.
El desarrollo de El Niño ya está encaminado, la gran incógnita ahora es qué intensidad alcanzará.
Los efectos más devastadores del fenómeno en la Argentina se registraron precisamente en 1997-98, con precipitaciones extremas y trágicas inundaciones, con epicentro en las provincias del Litoral, y más de 120 mil evacuados. Si bien los investigadores aconsejan no anticiparse a un pronóstico todavía incierto, sostienen que, desde luego, siempre hay mucho por hacer, básicamente en el mantenimiento de la infraestructura crítica para la prevención de inundaciones.
¿Existe algún indicio de que el calentamiento global vaya a aumentar la frecuencia de El Niño? “Nuestros resultados dicen que sí, que se van a hacer más frecuentes, aunque no más intensos –dice Di Nezio, quien en 2024 publicó en Nature un paper al respecto con modelos de simulación numérica basados en registros paleoclimáticos–. Pero es un resultado entre un montón. Hoy esa es una línea de investigación súper candente en todo el mundo. Respecto de la intensidad, toda la comunidad científica esperaba que se repitieran eventos tan extremos como los de 1982-83 y 1997-98, y no se han repetido. ¿Qué pasaba entonces que ahora no pasa?”
En cualquier caso, ¿obliga el calentamiento global a fijar un nuevo umbral para las mediciones que pueden predecir El Niño? “Es un hecho que, en la región del Pacífico donde se monitorea, el agua está más caliente como consecuencia del cambio climático –explica Osman–. Eso podría de alguna manera ‘ensuciar’ las mediciones que determinan la predicción. Esos ajustes se hacen, procuran sacar de la ecuación la influencia que puede tener el calentamiento general. Hoy en día los modelos están inicializados con la temperatura absoluta que existe, que es un poco más alta. Pero no todos los centros de monitoreo lo hacen del mismo modo. Entonces, surgen discrepancias”.
Di Nezio reitera que “lo que importa es aislar el patrón de temperaturas asociados con El Niño en el Océano Pacífico. Hoy se usa un índice relativo: antes era el ONI y ahora el RONI (Relative Oceanic Niño Index), que aísla el patrón de ocurrencia del fenómeno de cualquier otro cambio de temperatura global, lo resalta”.
“El sistema de pronóstico meteorológico del ECMWF (Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Mediano Plazo) es una referencia mundial para predicciones de corto plazo, pero esa misma lógica no puede trasladarse automáticamente a los pronósticos climáticos estacionales –puntualiza el experto–. Se trata de herramientas distintas, con resoluciones diferentes, otra representación del océano y de la atmósfera, y formas distintas de manejar la incertidumbre. Los pronósticos climáticos son inherentemente probabilísticos y su capacidad predictiva depende mucho de la época del año y del fenómeno que se intenta anticipar. En el caso de El Niño, aunque hoy contamos con herramientas cada vez más sofisticadas, seguimos enfrentando límites fundamentales: hay pocos eventos bien observados y la evolución del sistema depende en parte de procesos atmosféricos impredecibles, como los episodios de vientos del oeste en el Pacífico tropical”.
Incluso las herramientas de IA, sostiene Di Nezio, “enfrentan limitaciones en este campo, porque la cantidad de eventos observados comparables sigue siendo reducida y algunos de los procesos clave que determinan la intensidad del fenómeno conservan un componente fuertemente impredecible”.
El propio ECMWF publicó a mediados de abril un artículo titulado “¿Hasta qué punto deberíamos confiar en una predicción sobre El Niño?”, suscribiendo los argumentos de Osman y Di Nezio, que relativizan la fiabilidad de predicciones tan tempranas, y poniendo como ejemplo su “peor pronóstico”, el de marzo de 2017, cuando anunció un Niño que lejos estuvo de ocurrir.
Osman explica que desde hace más de una década se viene consolidando un nuevo paradigma de “servicios climáticos”, una suerte de equivalente al pronóstico meteorológico pero enfocado en escalas de meses a estaciones. “La idea es construir capacidad experta para monitorear e interpretar la evolución del sistema océano–atmósfera y traducir esa información en pronósticos útiles para la toma de decisiones”, señala. En la Argentina, el equipo de clima del CIMA –que Osman integra– organiza desde hace años reuniones mensuales de monitoreo climático junto al Servicio Meteorológico Nacional, donde fenómenos como El Niño ocupan un lugar central. Esos espacios resultan especialmente valiosos porque permiten integrar y aprovechar el conocimiento experto acumulado por la comunidad científica para construir perspectivas climáticas más robustas y contextualizadas para el país.
Di Nezio plantea que el próximo paso es avanzar desde la interpretación de productos globales hacia el desarrollo de sistemas propios de predicción climática para la Argentina y el Cono Sur. “Hoy dependemos en gran medida de modelos desarrollados en otros países. El desafío es construir capacidad regional para generar pronósticos acoplados océano–atmósfera diseñados para mejorar la predicción en nuestra parte del mundo, con foco en nuestros riesgos e impactos”.
Niño o Súper Niño, la única certeza es que todavía es pronto para determinarlo, pero siempre es mejor estar preparado.

