Icnología

Plumas que dejaron huella

Un equipo de paleontólogos logró reconstruir el ecosistema de aves que habitaban hace unos 10 millones de años en el actual territorio de La Rioja. El trabajo analizó en su conjunto la diversidad de huellas fósiles –de ancestros de los actuales ñandúes, flamencos y de grandes aves corredoras carnívoras, entre otras– que hoy pueden verse en la Formación Vinchina, una unidad geológica caracterizada por una extraordinaria presencia de pisadas de animales extintos.

30 Abr 2026 POR

Hay en La Rioja un tesoro fósil hecho no de huesos sino de huellas, conservadas desde hace 10 millones de años entre las lajas de la Formación Vinchina, y que sigue entregando formidables hallazgos para los paleontólogos. Esta vez, un equipo de expertos en icnología logró reconstruir, a partir de esos rastros, el ecosistema de aves que habitaban ese lugar, entre ellas, ancestros de los actuales ñandúes y flamencos y de fororrácidos, las llamadas aves “del terror”, grandes corredoras carnívoras que fueron los depredadores de su tiempo.

“Pudimos identificar, a través del registro y el estudio comparativo de sus huellas, las distintas comunidades de aves que vivieron allí durante el Mioceno, y su distribución asociada a diferentes condiciones ambientales, con una mayor diversidad de especies en aquellas zonas con más disponibilidad de agua dulce”, explica el paleontólogo Martín Ezequiel Farina, becario CONICET, integrante del Laboratorio de Paleontología de Vertebrados que funciona en el Instituto de Estudios Andinos “Don Pablo Groeber” en Exactas UBA (IDEAN, UBA-CONICET) y primer autor del trabajo publicado en la revista Acta Palaeontologica Polonica, que forma parte de su tesis de doctorado.

Las huellas de aves son la especialidad de Farina, en su gran mayoría posteriores a la era de los dinosaurios, como las de este paper. “Vinchina retrata un período de expansión de las aves, hace unos 10 millones de años –cuenta el icnólogo–, en un ambiente que a nivel ecológico presentaba espacios más abiertos, cada vez menos bosques, más pastizales, en el que observamos gran cantidad de aves corredoras, con rastros de rheidos que eran enormes. Al género Rhea pertenecen los ñandúes. Y las que registramos son las huellas más antiguas del grupo de los ñandúes en la parte sur de Sudamérica”.

Vinchina retrata un período de expansión de las aves en un ambiente con espacios más abiertos, menos bosques, más pastizales, en el que observamos gran cantidad de aves corredoras.

A diferencia de la mayoría de los mamíferos, eventualmente más macizos, con patas que tenían garras y pezuñas, las pisadas de las aves suelen ser más leves. Vivían, además, en colonias con un gran número de individuos, cuyas huellas muchas veces se presentan entremezcladas y superpuestas. Descifrar el “track assemblage” de diferentes aves, establecer una icnotaxonomía precisa para ese conjunto de rastros ensamblados que dejaron en una misma superficie, “es un gran desafío –sostiene Farina–. Están todas mezcladas. Hay mil cuestiones a resolver, con interpretaciones que siempre exigen cautela. Hay que comparar y volver a comparar en grandes bases de datos. Puede haber aquí un dígito más, aquí no, ¿éste lo tenía y no lo apoyó?”.

“Muchas aves, aun siendo de familias totalmente distintas, pueden producir la misma huella, porque por alguna razón morfológica la impresión de sus pisadas es muy similar”, señala Verónica Krapovickas, quien también participó del trabajo, junto a Claudia Marsicano –ambas son directora y codirectora, respectivamente, de la tesis de Farina–, y que lleva casi veinte años explorando las huellas fósiles que afloran en Vinchina. “En cualquier caso, son rastros fósiles que nos hablan del mismo hábitat, en una misma zona de convergencia, por ejemplo, las llamadas genéricamente shorebirds, aves playeras, una forma ecológica de referirse a las huellas de un grupo de aves que es complejo asignar a una u otra especie: todas con tres dedos, en general chiquitas, bajitas, viviendo junto a pequeños cuerpos de agua”.

Además de grandes aves corredoras y pequeñas aves playeras que vivían a la vera de arroyos y lagunas, el estudio paleobiológico de las huellas también reveló la presencia de flamencos –cuyos descendientes aún habitan los salares del Noroeste–, de especies de ibis y de feroces fororrácidos, las llamadas “aves del terror”.

“Eran las aves carnívoras del Cenozoico, enormes, como un suri pero con un gran cráneo”, las describe Krapovickas. “Un cráneo dinosauriesco”, agrega Farina, y justifica: “A ver, las aves son dinosaurios, o sea, los dinosaurios no se extinguieron, subsistieron a través de varios grupos y hay uno que continúa entre nosotros que es el de las aves. Había muchas especies de fororrácidos, dominantes en Sudamérica, y sí, eran lo más parecido a un dinosaurio, enormes, robustos, altos como un humano, quizás parecidos en fisonomía a un velocirraptor. Eran aves corredoras y cazaban, estaban entre los depredadores de su época. Y aquí encontramos sus huellas”.

Los investigadores recuerdan que en tarea, casi detectivesca, no consiste exactamente en identificar especies sino icnoespecies “Claro, yo le pongo un nombre a esas huellas fósiles. Y busco pacientemente a qué se parece, procurando dilucidar cuál fue su productor. Pero lo cierto –admite Farina– es que raramente se logra hacer una asignación ciento por ciento exacta”.

El estudio reveló la presencia de feroces fororrácidos, las llamadas “aves del terror”. Eran las aves carnívoras del Cenozoico, enormes como un suri pero con un gran cráneo.

Antes, claro, hay que encontrar las huellas, a veces expuestas sobre la roca, otras sepultadas en estratos no visibles. “Ese trabajo es quirúrgico –puntualiza Krapovickas–. Donde aparece una pista, hay que saber cómo cortar, dónde picar, hasta dónde hacer presión. Siempre nos acompañan expertos técnicos, sabemos hacerlo pero no es nuestro expertise. Trabajamos con capas. Cuando obtenés un fragmento de laja, está casi lista para ser estudiada. Si son demasiado grandes, no podemos llevarlas y quedan ahí”.En cualquier caso, las nuevas tecnologías ofrecen modos alternativos de capturar esa información. “Hasta hace muy poco tiempo, teníamos que hacer moldes de silicona, pero ya casi no los usamos. Ahora –cuenta Farina–  escaneamos las huellas en 3D con programas que podés cargar en un teléfono celular. Es algo bastante reciente. Solíamos llevar a las campañas un costoso escáner 3D portátil que había que acarrear, a veces, hasta sitios poco accesibles. Tenía la ventaja de que podías sacarlo al campo, pero había que llevar también una computadora que procesara esos datos. Hoy, si la cámara del celular tiene una buena definición, te llevás el material con vos, y esas huellas ya quedan preservadas y clasificadas en una biblioteca digital”.

Martín Ezequiel Farina y Verónica Krapovickas.

Para quienes llevan adelante este trabajo tan minucioso, donde cada detalle cuenta, Vinchina se ha revelado como una fuente casi inagotable de antiguos rastros, pero sin huesos fósiles a mano para compararlos. “Es una formación muy particular, cuya fauna sólo conocemos por las huellas. No hay huesos. En realidad –se corrige Farina–, había un registro de un hueso hallado y en la última campaña encontramos otro, parte de una mandíbula que no pudimos recuperar de una zona muy alta e inclinada. Pero en términos generales, prácticamente no los hay, en una formación que tiene más de cinco mil metros de espesor, algo también inusual, porque las formaciones suelen tener mil o unos cuantos cientos de metros de espesor. Y como contrapartida, lo que hay en Vinchina es una cantidad extraordinaria de huellas en una misma unidad geológica, que además parecen hechas ayer. Es una enorme continuidad de sedimentos y en cada superficie que sobresale, no es raro encontrar pisadas”.

¿Por qué faltan allí los huesos de esos animales y sólo perduraron sus –muchos– rastros? Los investigadores manejan algunas hipótesis. “La más certera parece ser que se trata de cuencas llamadas ‘hambrientas en fosfato’, donde el fosfato de los huesos se consume y el hueso no se preserva, pero aún no ha sido comprobada”, señala Krapovickas.

¿Por qué en la Formación Vinchina faltan los huesos de esos animales y sólo perduraron sus muchos rastros?

También la extensión geográfica de la Formación Vinchina es inusual: casi sesenta kilómetros. “Se trata aparentemente de lo que se denomina una cuenca de alta subsidencia –explica la icnóloga–. Para que el sedimento se apile y no pase, debe haber un espacio de acomodación. Cuando ese espacio está, el sedimento se acumula. Y si no, pasa de largo y aparece un hiato, un período de tiempo que no queda preservado en las rocas. Pero aquí, con esa alta subsidencia, y con la comprensión que producen los Andes levantándose, se generó una cuenca en la que se acumularon muchísimos sedimentos, muy rápidamente, permitiendo que se preserve todo este enorme sandwich de pisadas”.

En efecto, los rastros de avifauna que integran el estudio –recolectados a lo largo de tres campañas y analizados durante dos años– provienen en un 90% de Vinchina, de tres quebradas distintas: la Quebrada de la Troya –atravesada por la Ruta 76, donde se hallaron las enigmáticas “manitos” que Krapovickas adjudicó a un antiguo roedor gigante–, la del Yeso, también rica en rastros fósiles, y el menos prolífero Pedregal Negro. El resto se halló en dos formaciones vecinas, más al norte, Puesto La Flecha y Toro Negro.

“El objetivo de este trabajo fue describir todo el conjunto de huellas de aves registradas en esta unidad geológica. Era difícil darle un cierre –advierte Krapovickas –, porque se han ido colectando durante muchos años sin la certeza de haber agotado el recurso icnológico. Pero hemos llegado a un punto en el que empiezan a repetirse las morfologías y creemos haber capturado ya toda la diversidad de las aves de Vinchina. Lo que nos permite, a partir de este nuevo insumo que se suma a la información que ya teníamos de los mamíferos, empezar a describir todo el paisaje, entender en detalle la paleoecología del lugar, en qué subambientes específicos habitaba toda la fauna de Vinchina y cuáles eran sus interacciones”.

“En síntesis –resume Farina–, creemos haber obtenido una foto bastante fiel, una buena instantánea de cómo se fue dando la ocupación de los espacios por parte de las aves en ese momento de expansión que se da en el Mioceno, cuando, ya diversificadas, empiezan a ocupar nuevos nichos ecológicos y a adquirir su forma definitiva las comunidades de aves tal como las conocemos hoy”.