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La cachetada del infinito

Posted By Cecilia Draghi On 30/04/2014 @ 16:48 In perfiles | Comments Disabled

Complejo Astronómico El Leoncito.

Complejo Astronómico El Leoncito, ubicado en el departamento de Calingasta, provincia de San Juan.

Entrevista a Sergio Paron [2]

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Entrevista a Sergio Paron [4]

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San Pedro de Atacama parece perdido en el tiempo. Sus casas de adobe y sus callecitas dan vida a este pueblo de unos pocos miles de almas, considerado la capital arqueológica de Chile, que reúne rastros de la presencia humana por esos lares desde hace once mil años. Estas huellas de los antepasados del hombre hoy conviven con científicos de todo el mundo que viajan a este desierto –que parece de otro planeta–, para entender algo más del cosmos. Este poblado, donde es posible ver a pastores con sus rebaños de llamas u ovejas, es la antesala y parada obligada para escalar al Universo con un equipamiento que parece traído del futuro. Es que a unos kilómetros de allí se erige el mayor proyecto astronómico del mundo, conocido por su sigla en inglés: ALMA. También, entre otros observatorios –que como atalayas otean el espacio–, se halla el Atacama Submillimeter Telescope Experiment (ASTE), ubicado a casi 5000 metros de altura, lo más cerca posible del cielo. Allí fue por primera vez a realizar su trabajo experimental Sergio Paron, doctor en Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.

Ahora, sentado en el Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE, UBA-CONICET), donde a diario estudia “el medio interestelar, más que nada de nuestra galaxia”, Paron recuerda la sensación que tuvo en 2008 cuando fue hasta Atacama para hacer uso del radiotelescopio japonés ASTE. “La primera vez fue bastante inquietante en el sentido de que siempre trabajé con los datos que me aportaban otros. Y ahí pensé: estos son datos que estoy adquiriendo yo. Yo hice mi propuesta de observación, un comité evaluador lo aprobó, viajé y sentí que por primera vez me conectaba directamente con lo que estaba investigando, con esa nube molecular que había visto en los libros y había estudiado para hacer mi tesis”.

Tras sortear los numerosos pasos académicos para obtener el pasaporte a hacer uso de esta aparatología millonaria, Paron había logrado llegar a la meca de la radioastronomía internacional y estaba en el lugar más cercano posible de su lejano objeto de estudio. Él estaba en “contacto directo con algo que está a miles de años luz de distancia. Un fotón, la radiación que está viajando desde hace miles de años y recién llega a ese telescopio (ASTE). El sentimiento es el de estar viendo algo de los confines de la galaxia, pero incluso algo que surgió en el pasado, hace muchísimo, cuando quizás ni siquiera la humanidad estaba poblando el planeta Tierra”, relata, y enseguida agrega: “Te genera una sensación extraña”.

Sin duda, una conmoción muy interna, visceral y hasta existencial, mezclada con una profunda pasión por la física y a su obsesión por conocer, lo lleva a dar otro paso. Y esa “sensación extraña”, como él explica: “Luego se transforma. Una vez que tengo los datos, quiero volver a mi casa, a mi oficina y procesarlos”. Y así pasará horas y horas frente a su computadora intentando descifrarlos.

Espías diferentes

En una habitación de un hostal en San Pedro de Atacama acondicionada por los científicos japoneses como centro de operaciones del telescopio, Paron hace uso del turno observacional concedido por ASTE tras los trámites de rigor. El cuarto no es muy grande y fundamentalmente encierra computadoras conectadas con el radiotelescopio ubicado a unos kilómetros de allí. El aparato que capta lo que se busca del Cosmos es similar a una antena de televisión digital que puede verse en cualquier hogar, pero su plato tiene una circunferencia de unos 20 metros de diámetro.

Paron no está solo en la sala frente a un monitor, sino que además de otros investigadores provenientes de las más variadas latitudes, se encuentran los asistentes de ASTE, quienes ayudarán a apuntar la antena hacia el rincón del cielo que desean explorar. La jornada de trabajo es larga: comienza a las 18 y sigue hasta las 6 del día siguiente. “Este telescopio, si bien puede observar de día, ya que trabaja con ondas de radio, tiene un problemita con la radiación del sol que deforma un poco el plato, entonces trabaja de noche”, explica. Esta característica no desvela a los científicos del National Astronomical Observatory of Japan, a cargo de ASTE. “Ellos lo manejan a control remoto desde Japón y por la diferencia horaria les conviene, porque cuando allá es de día, acá es de noche”, añade.

En vivo y en directo, en uno de los lugares más secos del planeta, Paron y otros científicos, tienen por delante una ventana al Cosmos: un monitor, que mostrará gráficos más parecidos a un electroencefalograma, que a cualquier imagen estelar. “En la pantalla –describe– aparece la formita del espectro, que se traduce en un dibujo de la emisión de las moléculas, la energía que va recibiendo la antena. En ese momento, uno puede empezar a tirar ideas y a anticipar el paper (el trabajo de investigación) que luego uno va a escribir”.

Muy distintas, en cambio, resultan las observaciones en el Complejo Astronómico El Leoncito (CASLEO) en la provincia argentina de San Juan. “Esto es lo más parecido al telescopio tradicional que uno imagina, donde se apoya el ojo para mirar. No se pone el ojo y se mira, sino que –aclara– uno observa una pantalla de una computadora, que ve exactamente lo que vería tu ojo si hubiera un agujerito para ponerlo”.

Allí estuvo, en junio de 2012, Paron durante cinco días. “Dos de las noches no se pudo trabajar porque resultaron totalmente nubladas, y ahí no es como en el radiotelescopio, donde las nubes no importan”, precisa, quien a la hora de disfrutar el espectáculo estelar prefiere hacerlo cara a cara sin ningún instrumento de por medio. Seguramente, estar a la intemperie en el campo sanjuanino, con los Andes como telón de fondo, y contemplar en un silencio abrumador un tapiz de estrellas, permite captar la sensación de “tocar el cielo con las manos”. “El cielo de noche de San Juan es alucinante. Se ve la Vía Láctea y para mí lo más emocionante no es ver las cosas brillantes, sino las cosas más oscuras, que son las nubes moleculares, que no emiten luz. La gente del siglo pasado pensaba que eran agujeros en el cielo, lugares donde por alguna razón no había estrellas. Entonces, se empezó a pensar que debía haber otras cosas y arrancó el estudio del medio interestelar”, relata.

Nace una estrella
Sergio Paron

Sergio Paron

El medio interestelar es al que Paron, investigador del CONICET, no quita la mirada desde hace años, tras aprobar con diez su tesis doctoral dirigida por Gloria Dubner, actual directora del IAFE. “El medio interestelar –explica– es el medio que está entre las estrellas. Éste pareciera ser un medio vacío pero está lleno de material que se junta en nubes, llamadas nubes moleculares. Todo ese material –por distintas turbulencias o movimientos dentro de la galaxia– puede colapsar en distintos grumitos. Y esos grumitos dan lugar a estrellas o sistemas de estrellas”.

Él sigue de cerca a las estrellas, desde cómo nacen, cómo interactúan con esa nube molecular, hasta que explotan y se convierten en supernovas. ¿El remanente de supernova genera nuevas estrellas? “Esa es una de las grandes preguntas que no está del todo bien probada. Y es una de las preguntas a las que apunto en mi investigación. ¿Cómo esas energías terribles que se liberan cuando explotan las supernovas pueden disparar el proceso de colapso del gas de las nubes moleculares para formar una nueva generación de estrellas? En principio, uno supone que la supernova es algo destructor, es imposible que genere algo nuevo, rompe todo lo que encuentre en su camino. Pero a cierta distancia, cuando las energías son más bajas, quizás se den las condiciones para que ese frente de choque que llega de esa explosión de supernova, pueda disparar el colapso de material para generar nuevas estrellas”, plantea.

Qué ocurre allá arriba es algo que inquietó a Paron desde que tiene memoria. “A los siete años quise hacer un libro de astronomía, dibujaba las estrellas con las cinco puntitas y decía que tenían polvos fosforescentes y por eso se veían. Fueron mis primeros trabajos, y aún los debo publicar. Debo ver si alguna revista científica me los acepta”, bromea.

Fanático de Carl Sagan, sus libros Cosmos, Un punto azul pálido y Contacto, lo acompañaron desde chico en la mesita de luz, donde descansaban de su lectura mientras él soñaba entender qué está pasando allá arriba. Hoy, a los 37 años, todos los días despierta haciendo realidad su sueño.

 

Sensaciones en Atacama

Así tituló en su diario personal Sergio Paron cuando por primera vez cumplió su ansiado sueño de acceder al observatorio japonés situado en el desierto chileno, el ASTE. Esto ocurrió en 2008 y aquí va lo que escribió en esa ocasión:

“Largas madrugadas de ojos abiertos me asaltaron en esta visita al norte chileno; figuras recortadas en la oscuridad se dibujaron esa primera noche, donde el frío del nerviosismo y la curiosidad se conjugaron en un cielo muy repleto de estrellas.

Un amanecer por la tarde trajo vientos cálidos junto a un sol implacable que pega en las casas de barro. Nuevamente puedo experimentar en soledad ecos de culturas extintas que hoy se mezclan en una torre de Babel que visita este pueblo.

Nunca estuve tan conectado con las lejanías del Universo. A través de una pantalla, por las madrugadas obtengo esa información, y nuevamente la cachetada del infinito me pega en este pueblo de barro.

Noticias del cosmos, trascendencias, otras vidas, y vidas que voy conociendo y que se mezclan por un instante con la mía no hacen más que hacerme sentir la vida en todas sus formas, esto es, la música, la poesía, el conocimiento y eso que nunca lograré explicar…”


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