Bitácora

Directo al hueso

A los 4 años, ya sabía lo que le gustaba. A los 11, se acercó al pasado remoto de la mano del destacado científico Fernando Novas, descubridor de varios dinosaurios. Más tarde, pasó a trabajar con uno de los padres de la paleontología argentina, José Bonaparte. Hoy, hace ya 25 años que Leandro Gaetano sale a campo a buscar fósiles en Argentina, Brasil, Namibia o Sudáfrica.

5 May 2026 POR

Desierto argentino. Bajo el sol del Parque Nacional de Talampaya, en La Rioja, un grupo de personas, se arrodillan en ese suelo duro y seco. Una junto a la otra se mueven al ras del piso casi como una coreografía.  “Vamos para un lado y, luego, vamos para el otro; y, después, para el otro. Y, así, hasta que cubrimos todo el terreno del área de trabajo prefijada para buscar cosas chiquititas. Hacemos, lo que llamamos un barrido de las rocas”, describe el paleontólogo Leandro Gaetano, de Exactas UBA, sobre una de sus tantas tareas en busca de fósiles que lo llevan a miles de kilómetros de casa, en la Argentina, Brasil, Sudáfrica o Namibia; y también lo transporta en el tiempo: hasta 300 millones de años atrás.

El viaje comenzó hace casi cuatro décadas. “Cuando yo tenía 4 años empecé a decir: ‘Me gustan los huesos’. Mi papá encontró en una enciclopedia la palabra paleontólogo, -estamos hablando de 1987, no existía internet-”, narra, y agrega: “Desde ese momento, quise serlo”. No había nadie en su familia vinculado a este mundo. ¿Lo más cercano? “Un primo coleccionaba huesos de animales actuales, cabezas de vaca, de caballo, de perro. Y, a mí me encantaban”, recuerda.  A los 11, en sus vacaciones en la playa, halló un fósil, lo llevó al museo del lugar, y le dijeron que no tenían dinero para extraerlo, pero lo contactaron con el destacado investigador Fernando Novas, quien hoy cuenta entre sus hallazgos a dinosaurios como Megaraptor namunhuaiquii,Patagonykus puertai, y Neuquenraptor argentinus, entre muchísimos otros.

“Novas daba una conferencia, así que me presenté, le conté mi interés, y me dijo: `Buenísimo’. Primero, -relata- me dio libros. Después, materiales fósiles y me enseñaba a describirlos, a analizarlos. Cuando fui un poquito más grande, me involucró en sus tareas de investigación”. El Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, ya era parte de su vida. “Después de Fernando, -historia- pasé a trabajar con José Bonaparte”, uno de los considerados padres de la paleontología en el país. Y nombre elegido para uno de sus hallazgos más especiales: Tessellatia bonapartei, un minúsculo fósil, de tamaño similar al de una lauchita de campo.

Ante cada descubrimiento, Gaetano siente la alegría de estar “viendo por primera vez algo que nadie nunca antes vio. Y eso será para siempre, porque no hay una segunda primera vez”.

Gaetano estaba en Alemania ultimando los trabajos de este hallazgo cuando se enteró, en 2020, de la muerte de su gran maestro, Bonaparte. “Él había contribuido tanto a entender estos animalitos que merecía un honor, un homenaje. Y, yo quería hacérselo. Bonaparte debe tener un millón de especies dedicadas a él, pero, ¿por qué no la mía, también?”, dice quien hoy integra el Instituto de Estudios Andinos “Don Pablo Groeber” (IDEAN, UBA-CONICET), en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.

En la Formación Los Colorados, en el Parque Nacional Talampaya, hallaron el cráneo de 3 centímetros de longitud de Tessellatia bonapartei, que “se parece al personaje Scrat de la película La era de hielo”, compara. “Es raro, una mezcla entre una cosa muy antigua y algo más moderno -describe-. Se trata de un cinodonte, un grupo de animales que incluye a los mamíferos actuales”.

Este hallazgo tiene un sabor diferente. “Para mí es especial”, alega.  Por un lado, porque lo llevó a sentir, como entre los muchos otros descubrimientos que tuvo, la alegría de estar “viendo por primera vez algo que nadie nunca antes vio. Y eso será para siempre, -define- porque no hay una segunda primera vez”.  A esta satisfacción, se le sumaba saber que daba con materiales “difíciles de preservar, porque se suelen destruir, y difíciles de ver por su tamaño”.

Y en este caso en particular, “desde los años 70 se venía trabajando en Los Colorados y se había encontrado un solo cinodonte, representado por dos especímenes. Pasaron 47 años hasta dar con el segundo: Tessellatia bonapartei,”, contrasta.

Desde 2014, todos los años para septiembre, cuando las temperaturas son más amigables, 30°C de día y 3°C por la noche, Gaetano con su equipo hacen campaña en el Parque Nacional Talampaya.

Tenaz hasta el tuétano, Gaetano siente que la perseverancia, junto con el amor a la profesión, son los valores claves de su quehacer cotidiano, porque no todos son éxitos.  Largas caminatas, rastrillaje minucioso, salidas infructuosas, sin resultados a la vista, son parte de la tarea y suman frustración. ¿Qué hacer? “Seguir intentando, tratar de encontrarle la vuelta, pensar qué estoy haciendo mal o qué estoy haciendo y cómo puedo hacerlo mejor. Justamente eso fue lo que llevó a desarrollar un método de búsqueda que dio resultado. Si en 47 años se encontraron solo dos especímenes de cinodonte, desde que implementamos la nueva metodología de búsqueda en 2017, -que no está exenta de complicaciones, que es dura, y te quema la cabeza-, hallamos entre veinte y treinta especímenes en 8 años”, contabiliza.

Silencio sonoro

Desde 2014, todos los años para septiembre, cuando las temperaturas son más amigables, 30°C de día y 3°C por la noche, Gaetano junto con su equipo de cuatro a cinco personas hacen campaña en la parte intangible del Parque Nacional Talampaya, donde “el silencio es impresionante, atronador a veces. Uno escucha sus propios pensamientos”, dice.  Van en una camioneta hasta el lugar más cercano a las excavaciones y arman un campamento agreste, “que son difíciles, porque no hay servicios de ningún tipo.  No hay luz eléctrica, no hay agua corriente, no hay baños, no hay un montón de cosas. Pero, de a poco, uno se empieza a hacer amigo de eso”, relata.

El trajín cotidiano no da descanso. Desayuno 6.30, y cuando ya hay luz, salida a recorrer la zona, con las preguntas científicas a contestar y cargados con un punzón “como el de los dentistas”, un pincel, bolsitas para tomar muestras, papel de embalar para proteger los fósiles que se van encontrando. “Todos salimos siempre con una libreta y con una cámara de fotos que usualmente es el celular”, apunta. A veces, si se encuentra algún sitio con señal telefónica, no falta la llamada ansiada por saber noticias de los afectos.

Observar, observar, observar.  “Nosotros lo llamamos hacernos el ojo. Esto está vinculado con la experiencia y el tiempo que uno pasa mirando rocas en el campo.  Con el tiempo, uno detecta cosas que antes no veía, como pequeños patrones e indicios que te llevan a decir: ‘Por acá puede haber fósiles, y por allá, no’”, relata Gaetano, ganador del Premio Germán Burmeister 2025, otorgado por la Academia Nacional de Ciencias.

La mirada aguda percibe un mundo que ya fue. “Uno lee las rocas y dice: ‘Esto era un río, allá estaba la vegetación, y más lejos aún un laguito con tortugas’, donde hoy hay guanacos y desierto», señala quien forma parte de un equipo de trabajo que quiere “entender de manera integral como era el ambiente hace millones de años, en el lugar donde hoy vamos a trabajar”, define.

En el camino, a veces, encuentran rastros de cazadores furtivos, o de exploradores que no deberían estar ahí, a quienes denuncian ante el equipo de guardaparques. El grupo científico, experto en indicios, es posible que descubra las pisadas de algún puma en el camino, o la posibilidad de toparse con serpientes. Pero, nada aquí, se compara con los peligros de África.

Hacia allí fue Gaetano, más precisamente a Namibia, como parte de un equipo dirigido por Claudia Marsicano, investigadora de Exactas UBA, cuyo trabajo dio como resultado descubrir a Gaiasia jennyae, un superdepredador de grandes colmillos, que habría medido unos cuatro metros de largo. Se trata de uno de los primeros tetrápodos, animales de cuatro patas que vivieron hace más de 280 millones de años. Y ahora, sus restos patean el tablero de las hipótesis científicas actuales. La investigación alcanzó la publicación en la prestigiosa revista Nature.

La experiencia fue “impresionante porque es un lugar muy, muy, muy agreste”, evalúa, y agrega: “A poco de levantarnos para iniciar la jornada de trabajo escuchábamos el sonido de los animales salvajes”.  En su álbum de recuerdos, ubica a esa campaña, en el podio de las más dificultosas. “Creo -dice- que fue la más dura de todas las que hice”. ¿Por qué? “A la noche me sentía un animal totalmente desprotegido. Cuando me lavaba los dientes, antes de irme a acostar, mirando la oscuridad, realmente no sabía si tenía una manada de leones adelante o atrás mío. Me sentía como raro en ese lugar, como si fuera incapaz de defenderme”, devela.

Cerca de las excavaciones arman un campamento agreste, “que son difíciles, porque no hay luz eléctrica, no hay agua corriente, no hay baños, no hay un montón de cosas”.

Grandes o pequeños

De día, con el mismo profesionalismo de siempre, Gaetano volvía al campo a continuar la tarea y colectar las piezas, enormes en el caso de Gaiasia, en Namibia, o muy pequeñas en Talampaya, en La Rioja, así como de otros tantos sitios de campaña. “Ya sean grandes o chiquitas, siempre tienen roca pegada, que se debe remover para su estudio”, indica Gaetano.

¿Cómo quitar intacto el fósil del sitio donde está incrustado? Es un desafío, siempre. Y se hace de regreso de campaña, en los laboratorios o centros de tomografía de avanzada, en algunos renombrados centros tecnológicos del mundo. “La metodología tradicional que es mecánica implica agarrar una herramienta como si fuera un tornito de dentista, que permite remover granito por granito de arena. También, uno lo puede hacer con una aguja especialmente afilada para la tarea”, ejemplifica. Este trabajo artesanal no apto para ansiosos, es “delicadísimo y está a cargo de gente especializada que lamentablemente, no abunda”, señala.

En tanto, la otra metodología está basada en tomografías computadas de distinto tipo: de rayos X, de neutrones, por sincrotrón. De estos últimos, “hay muy pocos en el mundo y no son de fácil acceso. No contamos con ellos en la Argentina. Granito por granito se retira digitalmente la roca del fósil. Esto es muy útil, especialmente para fósiles muy pequeños, donde las técnicas mecánicas podrían destruirlos”, resalta.

Cuando se sortean todas las vicisitudes de un hallazgo, las piezas hablan y dan cuenta del mensaje guardado durante millones de años. Pero, la paleontología es mucho más todavía para Gaetano que todo lo que su larga rutina de tareas abarca. Y, a su criterio, “aporta un valor agregado a la sociedad, que se observa en la información que genera, digna de ser exhibida en una exposición; en el impulso que da a las economías regionales, o en haber advertido a los organizadores del rally Dakar que el circuito no podía pasar por uno de los yacimientos paleontológicos triásicos más importantes del país. Además, todos los hallazgos permiten, también, dimensionar un poco nuestro paso por la Tierra. Entendiendo el pasado, se puede predecir al futuro. Sabiendo cómo fueron las extinciones, por ejemplo, nosotros podemos entender hacia dónde vamos”, concluye, Gaetano.