
Ciudad de hormigas
Un estudio realizado en distintos sectores de Ciudad Universitaria revela cómo varias especies de hormigas invasoras logran coexistir en ambientes urbanos fragmentados, desafiando las expectativas de dominancia de una sobre las otras.
La hormiga argentina es, al menos entre los insectos, la más famosa de las plagas que nuestro país ha exportado al mundo. Pero son varias las especies de hormigas nativas de comportamiento invasor, que coexisten en estas tierras y que, además, han desarrollado una gran capacidad de adaptación a la vida urbana. Para comprender cómo viven entre nosotros y, sobre todo, cómo funciona esa coexistencia, un grupo de investigadores de Exactas UBA llevó adelante un estudio de campo sobre cuatro de estas especies de hormigas altamente invasoras, presentes en hábitats urbanos fragmentados por edificaciones y otras intervenciones dentro de Ciudad Universitaria, uno de los puntos más australes donde aparentemente todas ellas coexisten.
“La Argentina, más precisamente la Cuenca del Río de la Plata, está entre los mayores exportadores de hormigas invasoras a nivel global. Tenemos unas seis o siete especies que han colonizado todos los continentes. La Ciudad de Buenos Aires está en el límite geográfico sur de su área de distribución, por eso hicimos el estudio acá, porque es la zona más austral donde todas ellas coexisten”, explica el biólogo Luis Calcaterra, investigador del CONICET e integrante del Laboratorio de Eco-fisiología de Insectos que funciona en el Instituto de Biodiversidad y Biología Experimental y Aplicada (IBBEA, UBA-CONICET).
El trabajo, publicado recientemente en la revista Frontiers in Insect Science, se desarrolló en cinco espacios verdes de Ciudad Universitaria que suman poco más de diez hectáreas, en un territorio fragmentado por diversas edificaciones: el terreno ubicado al norte del estacionamiento del Pabellón 3; el que media entre el Pabellón 3 y el arroyo que bordea la Reserva Ecológica; los que rodean al Bioterio y el Pabellón de Industrias; y el que rodea el Campo Experimental. Se hizo durante la pandemia, con el acceso a algunos sectores bastante restringido para los investigadores, pero sin el permanente tránsito de personas por los sitios elegidos.
La Argentina está entre los mayores exportadores de hormigas invasoras a nivel global. Tenemos unas seis o siete especies que han colonizado todos los continentes.
“La tendencia actual en la investigación sobre hormigas invasoras –señala Calcaterra– pone el foco en los ambientes urbanos, donde vive, si hablamos de nuestro país, más del 90% de la población. En este entorno, las edificaciones, calles y veredas generan un paisaje fragmentado en el que los espacios verdes funcionan como islas dentro de una matriz urbana que, de alguna manera, modela el funcionamiento de las comunidades de hormigas”.
“Las ciudades –agrega– actúan además como islas de calor, porque en el ejido urbano hay uno, dos y hasta cuatro grados más de temperatura que en las zonas rurales periféricas, y así se han ido generando las condiciones para que estas especies puedan establecerse”. En rigor, la distribución de estas especies originarias de la Cuenca del Río de la Plata, que abarca el sur de Brasil, Paraguay, Argentina y Uruguay, se extendía hasta la provincia de Entre Ríos, pero el calentamiento global les permitió “bajar” al menos unos dos grados de latitud y colonizar Buenos Aires.
El estudio se propuso analizar cómo interactúan y compiten, en un territorio así delimitado, cuatro especies de hormigas nativas con fuerte capacidad invasora, todas ellas nativas: la célebre “hormiga argentina” (Linephitema humile); la “hormiga de fuego roja” (Solenopsis invicta); la “pequeña hormiga de fuego” (Wasmannia auropunctata); y la “hormiga loca” (Nylanderia fulva), así llamada por sus movimientos rápidos e impredecibles.
“Buscábamos saber, en su hábitat natural pero en un escenario intervenido por el hombre, cuál es más eficiente para encontrar el alimento, cuáles reclutan más hormigas para consumirlo y cuáles tienen mejores armas para defenderlo: el veneno más potente, las mandíbulas más fuertes y, sobre todo, el mayor número –dice Calcaterra–, que para muchas especies de hormigas es un arma fundamental de dominancia. De hecho, la hormiga argentina basa su dominancia en el número, en la capacidad de reclutar rápidamente cuando detecta un recurso para monopolizarlo”.
El estudio se propuso analizar cómo interactúan y compiten, en un territorio así delimitado, cuatro especies de hormigas nativas con fuerte capacidad invasora.
“Primero determinamos cuáles eran las especies de hormigas presentes en las cinco zonas de estudio, su distribución espacial y abundancia, usando trampas de caída enterradas en el suelo. Luego ubicamos en esos mismos lugares cebos atractantes, para medir cuáles descubrían más rápido el alimento, cuáles eran más eficaces en el reclutamiento del mayor número de obreras en menor tiempo para acarrear el recurso hacia el nido o quedarse a defenderlo, y cuáles eran comportamentalmente más efectivas para dominarlo”.
Calcaterra describe la magnitud global del problema que suponen las hormigas invasoras, que no sólo son agresivas entre ellas: desplazan o depredan a otras especies nativas, incluso vertebrados, alterando los ecosistemas; dañan los cultivos y la infraestructura; invaden los hogares y la picadura de algunas de ellas constituye un riesgo para la salud humana.
“Son muy pocos los países que cuantifican todos estos daños, y están muy preocupados –puntualiza el investigador–. En Estados Unidos, las pérdidas sólo por la hormiga de fuego roja se calculan en más de 6 mil millones de dólares al año, básicamente en la producción agraria, en gastos médicos por su picadura y en tareas de control. Los más complicados son los archipiélagos, que son más fáciles de invadir. Hawaii no tenía hormigas hasta hace un siglo, la isla fue colonizada y ya tiene más de sesenta especies introducidas, como la pequeña hormiga de fuego. Esta hormiga está en las plantas de frutales buscando agua y sustancias azucaradas, y cae sobre los trabajadores durante la cosecha, se les mete en la ropa y los pica. En una persona alérgica, su veneno puede provocar un shock anafiláctico”.
En EE.UU. las pérdidas por la hormiga de fuego roja se calculan en 6 mil millones de dólares al año, básicamente en la producción agraria, en gastos médicos por su picadura y en tareas de control.
La hormiga argentina adquirió fama mundial en las últimas décadas, cuando se reveló una plaga en Estados Unidos, pero sus viajes empezaron mucho antes. “Hace poco recibí en la facultad a un investigador de Londres que está trabajando en un libro sobre Linephitema humile, y él descubrió que la primera noticia sobre la especie data de 1850, a partir de un registro que encontró en el Museo Británico. Curiosamente, Pellegrino Strobel, que es algo así como ‘el padre’ de nuestra facultad, fue quien recolectó en la Argentina y envió a Europa los primeros ejemplares que luego describió Gustav Mayr, en 1868. Fue la primera que empezó a dispersarse, a mediados del siglo XIX, llegando a colonizar prácticamente todo el planeta, excepto las regiones frías, de mayor latitud”, destaca el investigador.
Su presencia en América del Norte se extendió rápidamente desde el sudeste de Estados Unidos hasta California, pero luego llegarían otras especies de origen criollo, primero la hormiga de fuego negra (Solenopsis richteri) la hormiga de fuego negra, que empezó a desplazar a la hormiga argentina, y hacia 1930, la hormiga de fuego roja, que terminó desplazando a las dos de la mayoría de los lugares, sobre todo en Texas y Florida, todo en un movimiento imparable de expansión impulsado por las rutas comerciales y el calentamiento global. Por fin, la hormiga loca, que había sido registrada en Estados Unidos hacía casi un siglo pero nunca había llamado la atención, inesperadamente en el año 2000 invadió las oficinas de la NASA y también empezó a ser un problema, “y en algunas zonas está desplazando a la hormiga de fuego roja, porque tiene un veneno que, a manera de antídoto, se aplica a sí misma para destoxificar el veneno de la hormiga de fuego roja”, explica Calcaterra. En Europa, en tanto, se preparan para una invasión de la roja, detectada por primera vez el año pasado, en Italia.
El estudio realizado en Ciudad Universitaria reveló, en principio, la diversidad de habilidades de cada especie y en qué contexto son más efectivas. “La hormiga argentina es la que mejor desarrollado tiene el sistema de reclutamiento en masa, que le permite rápidamente adueñarse de la fuente de alimento en ambientes húmedos. Wasmannia fue exitosa en los bordes o arbustales, pero sólo cerca de sus áreas de anidamiento, porque es mala descubridora: al ser más pequeña, su desplazamiento es más lento y tarda más en llegar al recurso. Nylanderia fue la mejor descubridora, pero menos efectiva para reclutar a los cebos que la hormiga argentina. Y Solenopsis, que, en regiones subtropicales, más al norte, es en general la especie dominante en casi todos los aspectos, principalmente en ambientes abiertos, acá todavía no logra imponerse”.
“Lo que vimos aquí –contextualiza Calcaterra– es cómo estas especies coexisten en un ambiente urbano de su ‘tierra’, un escenario muy distinto al que se da en las regiones del mundo donde han sido introducidas por el hombre, ya que allí no tiene enemigos naturales y los ensambles de hormigas son menos competitivos. En este escenario, no se observa que haya una especie que sea dominante sobre las otras en todo el territorio, como podríamos haber esperado. Cada una dominó una zona diferente”.
¿Por qué este virtual empate entre especies invasoras tan agresivas? “Lo que vemos en ambientes urbanos son ensambles pobres, con menos especies, adaptadas a ese entorno más desfavorable o fragmentado. Las especies invasoras están adaptadas a ambientes perturbados. Esa alteración facilita entonces su dominancia en detrimento del resto de las especies nativas. Pero es precisamente esa fragmentación del hábitat, los obstáculos edilicios, y las diferencias en la composición y estructura de la vegetación resultante, lo que hace posible su coexistencia, ya que una especie domina el lugar que le es más favorable, pero no la totalidad del territorio, que, si bien está todo el tiempo en disputa, presenta, en efecto, una coexistencia más o menos estable”.
En estos escenarios urbanos fragmentados, no se observa que haya una especie que sea dominante sobre las otras en todo el territorio, cada una dominó una zona diferente.
“Evidentemente –reafirma Calcaterra–, hay características en la estructura de estos ambientes intervenidos por el hombre, donde la disponibilidad de plantas, los mayores índices de insolación y de humedad no son uniformes, que terminan definiendo el ensamble de hormigas, y determinan que unas se establezcan y prosperen en un lugar y otras, en otro”.
Este trabajo fue parte de la tesis doctoral de Ignacio Muñoz, codirigida por Calcaterra y por Pablo Schilman, cuyo principal objetivo era comprender las diferentes dinámicas de la interacción entre estas especies invasoras en ámbitos urbanos. En otro estudio aún no publicado y que también integra esta misma tesis, se analizaron formas más directas de confrontación “mano a mano” entre pares de especies. “Hicimos competir a estas mismas cuatro especies en el laboratorio a diferentes temperaturas ambiente, simulando diferentes escenarios climáticos, en peleas individuales y grupales, para ver si la temperatura está modulando sus capacidades de dominancia”.
Otro de los proyectos del grupo de Calcaterra busca explicar las razones del tamaño dispar entre las colonias de hormigas argentinas nativas y las que invadieron otras regiones del mundo. “En Europa, por ejemplo, hay supercolonias que pueden extenderse hasta 6 mil kilómetros, sin disputas entre sus nidos. Acá es muy distinto: las colonias se extienden usualmente sólo unos 300 a 500 metros, es decir, hay muchas más peleas entre nidos, más competencia intraespecífica. La más grande del país, la encontramos en Costanera Sur, y tiene unos dos kilómetros y medio de largo. Hay dos hipótesis para explicar esta diferencia: una es que se perdió gran parte de la diversidad genética que las diferenciaba en su tierra nativa durante la introducción (cuello de botella genético), y la otra se basa en la pérdida solo de genes específicos de reconocimiento entre pares, que evita que se reconozcan como diferentes. Nosotros estamos tratando de dilucidar a qué se deben estas diferencias entre poblaciones multicoloniales de la Argentina y supercoloniales de EE.UU.”
Y otro estudio ya encaminado apunta a dilucidar por qué en Estados Unidos las hormigas de fuego negra y roja hibridizan, y generan descendencia viable con la capacidad de colonizar zonas más frías que cada una de estas especies por separado: el híbrido ya llegó a Virginia.
En nuestro país, mientras tanto, las hormigas invasoras también expanden su territorio. Entre las especies nativas, la hormiga argentina es la que mejor tolera las bajas temperaturas. “En un trabajo que publicamos también recientemente seguimos su rastro hacia el sudoeste –concluye Calcaterra–, y descubrimos que se distribuye de forma continua hasta el Valle del Río Negro, y que de ahí probablemente saltó hasta Bariloche, adonde colonizó solo unas pocas manzanas de la ciudad desde que llegó, hace unos diez años”.

