
Al borde del peligro
Un estudio liderado por investigadores de Exactas UBA permitió cuantificar el impacto del llamado “efecto borde” que provoca la expansión agropecuaria en el Chaco Seco argentino, un punto crítico del proceso de deforestación global. Comprobaron que, en las áreas que limitan con lotes desmontados, se produce una fuerte reducción en la cobertura de árboles hasta 700 metros hacia adentro del bosque nativo.
La crisis ecológica que gatillan el desmonte y la consecuente desaparición de bosques nativos no termina exactamente donde se detienen las topadoras y los tractores. Va más allá, hasta unos 700 metros más adentro, según un estudio liderado por investigadores de Exactas UBA que lograron cuantificar la huella espacial del llamado “efecto borde” que provoca la expansión agropecuaria en el Chaco Seco argentino, uno de los puntos críticos del proceso de deforestación global.
“El efecto borde en ecología está identificado desde hace mucho tiempo. En el borde de un ecosistema pasan cosas que no pasan en el interior, porque está expuesto a lo que pasa del otro lado del límite, porque llega más sol, hay mayor temperatura, menos humedad, entre otras condiciones ambientales que difieren respecto de la caracterización natural de ese ecosistema”, explica Sebastián Torrella, docente e investigador del Departamento de Ecología, Genética y Evolución, integrante del Grupo de Estudio de Sistemas Ecológicos en Ambientes Agrícolas que funciona en el IEGEBA (UBA – CONICET) y primer autor del trabajo publicado en la revista Global Change Biology.
Desde hace décadas y muy claramente desde los 90, la región del Chaco Seco pierde superficie de bosque nativo a una tasa que está entre las más altas del mundo. Hoy, gracias a la tecnología satelital, es posible cuantificar con todo detalle qué superficie de bosque se desmonta, cuánto queda y, además, en qué disposición espacial queda, es decir, cuál es la forma del bosque remanente.
Desde hace décadas y muy claramente desde los 90, la región del Chaco Seco pierde superficie de bosque nativo a una tasa que está entre las más altas del mundo.
“Lo que prácticamente no se había estudiado es cómo actúa el efecto borde en el bosque chaqueño, es decir, en la porción de bosque nativo que, ocurrido el desmonte, de golpe queda en el borde –señala Torrella–. Se genera un parche de bosque, y el borde de ese parche queda en contacto con un lote que, en principio, deja de tener cobertura vegetal, donde luego puede haber agricultura, pasturas para los animales o, en menor medida, una intervención silvopastoril, que no supone una tala totalmente rasa y conserva algunos pocos árboles”.
De modo que el avance de la frontera agropecuaria, que provoca una importante pérdida de bosque nativo, también genera una enorme superficie de bosque susceptible de ser afectada por el efecto borde, en el límite o cerca del límite entre el bosque y los terrenos deforestados. “Se habían hecho estudios del efecto borde sobre otros aspectos –por ejemplo, los procesos ecológicos relacionados con la comunidad de insectos, que estudia un grupo del IMBIV en Córdoba– pero hasta aquí no se había cuantificado cómo opera ese efecto sobre la estructura del bosque a escala regional. En este trabajo, a partir de imágenes satelitales, evaluamos cómo se afectan la cobertura de árboles –es decir, cuánto del suelo está cubierto por la copa de un árbol–, la cobertura de arbustos y la de biomasa”.
El análisis se centró en unos tres mil puntos dispersos aleatoriamente dentro del bosque. Para cada punto, los investigadores midieron la distancia hasta el lote desmontado más cercano. Sabían, gracias al inventario forestal y a trabajos previos que aportan información de los últimos 50 años, cuándo se realizó el desmonte de cada lote y a qué práctica se destina. “Obtuvimos entonces un mapa que permite, a partir de esos tres parámetros, caracterizar la historia de cada borde, conociendo la edad de los lotes y el tipo de uso del suelo, en relación con la distancia a los puntos dentro del bosque y sus índices de cobertura de árboles, arbustos y biomasa”.
“En resumen –puntualiza Torrella–, encontramos un clarísimo efecto borde en el Chaco Seco, que puede penetrar dentro del bosque hasta 700 metros. Esa fue la más alta penetración que pudimos verificar, para el caso de cultivos. Con otros usos del suelo, el impacto varía, con un alcance de entre 300 y 700 metros, y una reducción del 41 por ciento de la cobertura de árboles. Es muchísimo”.
O sea que el impacto de la pérdida de bosques nativos, que es una preocupación global, no termina en el bosque que ya no está, sino que impacta también en lo que queda de bosque. “El estudio demuestra que un 18 por ciento del total de bosque remanente sufre algún proceso de degradación, y ya no es lo que era”.
El Chaco Seco ocupa una extensa franja que abarca el oeste de las provincias de Formosa y Chaco, todo Santiago del Estero y el norte de Córdoba, con bosques xerófilos abiertos, espinosos dominados por quebrachos y algarrobos, entre otras especies, cuyo equilibrio empezó a romperse, primero con la ganadería de monte y luego con la expansión agrícola.
Quien escucha hablar de la expansión de la frontera agrícola en el bosque chaqueño podría pensar en una línea de desmonte que avanza de manera uniforme, pero en la realidad, esa frontera es compleja, siempre irregular. Las imágenes satelitales muestran una enorme fragmentación en el límite entre los lotes deforestados y el bosque nativo.
El impacto de la pérdida de bosques nativos, que es una preocupación global, no termina en el bosque que ya no está, sino que impacta también en lo que queda de bosque.
“Pero, de hecho, si se pudiera separar absolutamente agricultura y bosque, tendríamos una línea continua que va arrasando con todo y dejaría a su paso un territorio ciento por ciento intervenido, cero por ciento de bosque. En la práctica, eso no sucede de modo tan prolijo, pero precisamente –advierte Torrella–, se busca evitar ese escenario, que eliminaría absolutamente toda la biodiversidad de la parte intervenida. Es una discusión importante en ecología: ¿qué conviene? Separar totalmente los usos, y resignar una enorme área para que los productores hagan lo que les parezca, obviamente no parece una buena solución”.
“La idea es, en cambio, mantener, por supuesto, áreas de bosque más extensas, y que coexistan los usos, con parches en los que haya producción agropecuaria pero que tengan la superficie de bosque suficiente para que se conserve la biodiversidad que antes habitaba el territorio más amplio. Siempre algo se va a perder. Pero está claro que convertir todo el Chaco en un parque nacional, no es realista. La apuesta, entonces, es generar usos compartidos y un aprovechamiento razonable, que permita la conservación de gran parte de la biodiversidad en áreas más amplias, contiguas, pensando en un paisaje multifuncional, donde se pueda al mismo tiempo producir y conservar, planificado en términos de su disposición espacial para minimizar el efecto borde y preservar bosques ecológicamente funcionales”.
El concepto de “corredores” ecológicos, que es el que se usa, por ejemplo, para la conservación del yaguareté, forma parte de esa estrategia de franjas territoriales extensas que conectan áreas protegidas fragmentadas.
“Si sabemos que este efecto borde existe y tiene este impacto, un corredor de 100 metros de ancho, obviamente, no alcanza. Y ni siquiera tiene sentido computarlo como bosque, porque se va a ir degradando. Sería razonable pensar en corredores de mayor dimensión, que aseguren la conexión de parches de bosque nativo más grandes, y eventualmente sumar algunos más chicos, como ‘escalones de salto’ para los organismos que puedan usarlos. Está claro que la matriz de estos paisajes multifuncionales no debe ser hostil; por el contrario, hoy el consenso general sostiene que, para que se cumplan muchas medidas en términos de conservación, hay que mantener, al menos, un 40% de la superficie de bosque original”.
El efecto borde comienza cuando el lote en cuestión se desmonta y libera, aun cuando no haya todavía actividad agropecuaria, porque el bosque ya queda expuesto a condiciones distintas.
En rigor, el efecto borde comienza cuando el lote en cuestión se desmonta y libera, aun cuando no haya todavía actividad agropecuaria, porque el bosque lindero ya queda expuesto a condiciones distintas. Luego, el tipo de uso del suelo claramente genera impactos diversos. Los cultivos –y la deriva de los pesticidas con el viento– tienen un efecto borde más profundo. En el manejo de pasturas, la quema periódica acaba con los pocos árboles que permanecían en el lote. Y la actividad silvopastoril, si bien casi no impacta al principio, se verifica igualmente nociva en los lotes más antiguos, donde tampoco hay una estrategia de reponer ese mínimo estrato arbóreo que no había sido talado.
El estudio –del que participaron investigadores del IEGEBA, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), de la Facultad de Agronomía de la UBA y de las universidades alemanas Humboldt y Freie, de Berlín, con quienes Torrella colaboró gracias al programa UBAINT– pone el acento en la necesidad de gestionar de manera sostenible –“y esto independientemente de la discusión sobre ‘desmonte sí o desmonte no’”– el equilibrio entre la superficie deforestada y el bosque remanente.
“Si pudieras elegir entre cuatro fragmentos remanentes de 50 hectáreas cada uno y uno de 200, probablemente sea mejor conservar uno de 200, conectado con otro de 200 –ejemplifica Torrella–.
Es una tarea a la que deberían abocarse las autoridades de aplicación de la Ley 26.331 de Protección de Bosques Nativos, que son las provincias. Ellas son las que autorizan los desmontes. En teoría, los bosques deberían haberse clasificado por su valor de biodiversidad. En la práctica, lo que se contempla es eso pero, sobre todo, su potencial productivo, y es allí donde se habilitan más desmontes. En general, las autoridades provinciales evalúan los porcentajes de bosque desmontado y bosque remanente, pero no asumen el rol de decidir cuál será la disposición espacial de lo que queda”.
Una conclusión central del trabajo es que, si efectivamente este “efecto borde” no se calcula, los análisis de sustentabilidad de los bosques nativos están subestimando el impacto real del avance de la deforestación en la huella de carbono y en la biodiversidad. El investigador lo explica con el concepto de “deuda de degradación”.
“En ecología se habla hace tiempo de ‘deuda de extinción’. Si partimos de un paisaje 100 por ciento natural y de un día para el otro se transforma para agricultura el 80 por ciento, hay especies que ya no dispondrán de hábitat suficiente para sobrevivir. Esos individuos no se extinguen al día siguiente del desmonte, pero esa población deja de ser viable. En el mismo sentido, la parte del bosque que está en el borde empieza a pagar una ‘deuda de degradación’. No ocurre inmediatamente después del desmonte, pero pasan los años y el efecto –concluye Torrella– se intensifica, es una degradación que se va acumulando”.

