El mono agrandado
A contramano de una regla clásica de la ecología, una especie de primates del Gran Chaco argentino experimentó un aumento de peso mientras que la temperatura promedio de su ambiente se incrementó. El trabajo se basa en treinta años de estudios continuos con esa población y busca comprender los mecanismos de adaptación frente a los cambios ambientales.
Los osos polares son más grandes que los que viven cerca de los trópicos. Es un ejemplo muy sencillo de un clásico postulado que el biólogo alemán, Carl Bergmann, hizo en 1847: el cuerpo de un animal tiende a ser más grande en climas más fríos y más pequeño en los más cálidos. Es decir, el tamaño importa: influye en la regulación del calor. Dicho de otra manera, los cuerpos con menor masa y mayor relación superficie/volumen podrían disipar calor más eficientemente.
A poco menos de dos siglos de tal postulación, un reciente trabajo viene a mostrar lo contrario: los monos mirikiná de la provincia de Formosa aumentaron de peso al ritmo del calentamiento de su ambiente. El artículo no afirma que estos monos estén evolucionando hacia cuerpos más grandes. Más bien, plantea que existe una respuesta plástica: bajo una misma genética se pueden obtener cuerpos diferentes dependiendo de las condiciones ambientales.
“Se cumplieron treinta años desde que vi mi primer mono mirikiná en la Estancia Guaycolec”, resalta Eduardo Fernández-Duque, investigador en la Universidad de Yale, en Estados Unidos, y director de un trabajo de campo sostenido con esa población de primates en Formosa. “Creo que lo que destaca al proyecto es la intensidad del muestreo, en un marco muy amplio de todo lo que es la ecología de mamíferos”, señala.
No se trata de un relevamiento ordinario, el equipo cuenta con trescientos animales de los que conocen su fecha de nacimiento, dónde crecieron y cuándo murieron.
El investigador expresa, además, su satisfacción por contar con una camada de jóvenes con la que comparte “responsabilidades y derechos”. “Necesitamos que vayan haciéndose visibles y referentes, porque van a liderar las próximas décadas”, comenta. Tal es el caso de Alba García de la Chica, codirectora del Proyecto Mirikiná y presidenta de la Fundación ECO, establecida por Fernández-Duque en 1999 para abordar la educación y la investigación en el noreste argentino.
Si bien el científico tiene su cargo de investigador en Estados Unidos, los lazos con la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA nunca se cortaron. García de la Chica realizó su posdoctorado en el Instituto de Ecología, Genética y Evolución (IEGEBA, UBA-CONICET), bajo la dirección de Bettina Mahler y Juan Carlos Reboreda. “Hay una relación de treinta años con la Facultad”, afirma Fernández-Duque, destacando su formación como biólogo en esa casa de estudios. “También trabajamos con el Instituto de Cálculo y hemos recibido estudiantes de la maestría en Biología de la Conservación. Uno de ellos trabaja en el campo con nosotros. Hicimos bastante, pero creo que se puede hacer mucho más”, agrega.
Generación tras generación
“Hay una tendencia creciente a generar información sin necesidad de requerir al investigador en el campo, usando tecnologías nuevas. Las hemos ido incorporando, pero tenemos contacto con los animales todas las semanas”, comenta Fernández-Duque, y concluye en que eso explica la solidez del trabajo publicado, que incluye mediciones de doscientos individuos. “Hemos registrado casi cuatrocientos nacimientos. Se trabaja con treinta grupos conocidos”, agrega.
Así, cuentan con una enorme cantidad de información sobre comportamiento, demografía e historias de vida. “No se trata de un relevamiento ordinario, contamos con trescientos animales de los que conocemos su fecha de nacimiento, dónde crecieron y cuándo murieron. Tenemos estimaciones de duración de vida, de cuándo se reproducen por primera vez y cuándo maduran, que son cuestiones muy difíciles de documentar”, remarca.
El grupo constató un aumento gradual, desde 1999 hasta 2024, de un grado centígrado en la zona. Se trata de una diferencia notable que amerita ser considerada.
También explica que el trabajo se ve fortalecido por la rapidez con la que maduran los mirikiná. “Comparativamente hablando, tenemos un primate con una historia de vida relativamente rápida. Ya estamos evaluando la quinta generación de monos. Eso es muy rico, sumado a que tenemos muestras biológicas, genéticas y de hormonas. Tenemos mucho potencial para hacer también un trabajo evolutivo –entre comillas, aclara, porque cinco generaciones es poco, aunque bastante en comparación a estudios de otros animales–.
Calor que pesa
El trabajo concluye en que hubo un aumento importante de la temperatura ambiental donde viven los mirikiná. “Nosotros usamos mediciones de la temperatura en el aeropuerto de El Pucú” –aclara el investigador–, y constatamos un aumento gradual, desde 1999 hasta 2024, de un grado centígrado. Aún con todas las correcciones e incertidumbres pertinentes, es lo que llamamos una diferencia notable que amerita ser considerada”.
¿Por qué no usar datos de la selva? El científico responde en base a algo que afirma Jonathan Pertile, el primer autor del trabajo: “Porque los patrones son los mismos”. Y agrega: “Para objetivos comparativos y de validación de nuestros colegas, es mejor el aeropuerto a nuestros propios datos en la estancia, porque a los del aeropuerto los colecta el Servicio Meteorológico Nacional”.
“Yo creo que, en el trabajo, tal vez, nos quedamos cortos en enfatizar lo siguiente –continúa Fernández-Duque–: Cuando hablamos de un aumento de las temperaturas, no sólo aumentan las temperaturas máximas, sino que también lo hacen las mínimas. Lo importante es que se reducen los extremos. Yo me crié en Pilar, en la Provincia de Buenos Aires, y había heladas todo el tiempo, hoy ya no. ¿Por qué van cambiando las cosas, por el calor de enero o porque ya no tenemos las heladas de julio y agosto?”, plantea.
El investigador está muy convencido de que hay una relación entre estos cambios de temperatura y los pesos de los primates.
El investigador insiste en tener cuidado con interpretar que se han encontrado relaciones causales muy fuertes: “No estamos diciendo que encontramos una respuesta, sino que hemos avanzado sobre una pregunta. Estamos muy convencidos de que hay una relación entre estos cambios de temperatura y los pesos de los primates. Ahora, para entender bien qué está pasando hace falta mucho más trabajo”. Fernández-Duque explica que el peso de un animal está influenciado tanto por la genética y la biología como por el ambiente y su alimentación, por eso prefieren ser cautos.
“El aumento no es trivial, estamos hablando de cincuenta gramos, es mucho”, define. Y en relación a la temperatura, aclara: “No estamos evaluando cambio climático. La ciudad de Formosa debe haber triplicado su población en estos treinta años, y eso, por ejemplo, debe haber triplicado la cantidad de cemento que retiene calor y una cantidad de cosas que cambiaron en una escala muy chica, porque treinta años no es un período suficientemente largo como para sacar conclusiones respecto de cambios climáticos en un sentido global”. Por eso insiste con la plasticidad. Los cambios ambientales pueden modificar el desarrollo de los animales, con respuestas biológicas inesperadas y sorprendentes.
Efectivamente, el ambiente está cambiando. “En esta zona del Chaco argentino, hay una mezcla de selva y de pastizales naturales donde se practica ganadería. En estos, siempre se supo que aparecen parches de selva, con un tamaño desde media hectárea hasta diez. Lo que vemos es que hay un proceso de arbustización de los pastizales. Es por una combinación de factores: el clima, pero también el control del fuego y la presencia de ganado, la vaca ahora disemina diversas semillas de especies que antes no contaban con este agente dispersor”, explica el científico.
“Estamos estudiando esto, creo que es un proyecto al que se le va a dedicar mucha energía en los próximos años, evaluando cómo se van a adaptar los monos. Es una línea abierta a instancias de Alba García de la Chica como directora y de Jonathan Pertile”, suma Fernandez-Duque.
Un mono de familia
Los mirikiná son fascinantes por varios motivos. Tal vez, el más llamativo sea un rasgo de su comportamiento que no sólo resulta fácilmente asimilable al de los humanos, sino que también puede enseñarnos algo. Socialmente se organizan en lo que llamaríamos familia: viven en pareja y cuidan a sus hijos, pero además, los machos padres participan muy activamente en las tareas de cuidado.
“El aumento no es trivial, estamos hablando de cincuenta gramos, es mucho”.
Tempranamente me interesé e hice mi tesis doctoral estudiando a otro mono que también vive en pareja, es socialmente monógamo y tiene machos padres que se involucran increíblemente con las crías”, cuenta Fernández-Duque. Y agrega: “Regresé a Argentina y busqué un lugar donde estudiar un primate con características similares, que son una minoría entre los mamíferos en general. La mayoría no vive en pareja”.
Así llegó a la Estancia Guaycolec, en Formosa, hace treinta años, “con mi esposa, dos hijos y un pequeño subsidio”. Los Aotus azarae –tal es el nombre científico del mirikiná– no habían sido sustancialmente estudiados en nuestro país. El investigador explica que Argentina no es un país rico en diversidad de primates, dado su posicionamiento geográfico, pero reconoce: “Hay un proyecto en primates más largo que el nuestro, que empezó por los años ochenta con los monos carayá de Corrientes, actualmente liderado por mi colega y amigo Martín Kowalewski”.
Sin embargo, extrapolar elementos de las formas de vida de los mirikiná a los humanos es algo tan apresurado como sensacionalista. “Hay ángulos interesantísimos, con todas las precauciones que siempre tomamos, porque, si bien no hay dudas de que tenemos una base biológica común, también la tenemos con un reptil”, compara. De todas formas, ciertas similitudes pueden llevar a formular preguntas interesantes.
“Cada vez me fascino más con todo lo que venimos haciendo para entender qué hace que un macho mirikiná tenga esta predisposición a involucrarse con las crías. Ahí se pone en juego la biología de ser padre y me animo a hacer extrapolaciones”, sentencia. El científico también se refiere al presente y a las formas actuales de pensar la maternidad y la paternidad: “Tenemos bases biológicas con una gran plasticidad. Siempre en términos de probabilidades, en un contexto sociocultural diferente, los resultados cambian”, afirma.
Para Fernández-Duque, que tanto la madre como el padre se involucren en la crianza es beneficioso para todos: “Muchos datos sugieren que en especies de primates donde los dos padres se involucran en el cuidado de las crías, las tasas de supervivencia son más altas para los dos”, asegura. Y concluye: “Cuando involucrás a un padre en las actividades de cuidado, estás modificando el medio hormonal y bajando los niveles de testosterona, que tiene efectos negativos a largo plazo y está asociada a niveles de mortalidad más altos”.

