Apetito por el repelente
Mediante condicionamiento pavloviano, un equipo de investigación logró que los mosquitos dejen de rechazar el repelente y, por el contrario, lo consideren apetitoso. Los experimentos ayudan a comprender cómo actúan estos químicos que usamos para protegernos de las picaduras y, con ello, a encontrar nuevos y mejores repelentes de insectos.
Corría el año 1903 cuando el científico ruso Iván Pávlov hacía públicos sus primeros descubrimientos sobre el reflejo condicionado. El experimento que dio lugar al denominado condicionamiento clásico o condicionamiento pavloviano consistió en hacer sonar una campana justo antes de alimentar a un perro, y hacerlo de manera repetida hasta lograr que el perro asociara el sonido con la comida. Después de repetir el procedimiento varias veces, el perro empezaba a salivar solo con escuchar la campana, sin presencia de comida.
“Lo que hicimos nosotros fue cambiar a los perros por mosquitos, cambiar el alimento por sangre o por azúcar y cambiar la campana por el repelente”, cuenta Claudio Lazzari, Profesor Honorario de la UBA y Profesor Emérito en la Universidad de Tours, Francia, donde reside desde hace años.
Lazzari es el primer autor de un paper publicado en la revista científica Journal of Experimental Biology en el que demuestran que las hembras del mosquito Aedes aegypti -transmisor del dengue, zika, chikungunya y fiebre amarilla- pueden aprender a “desear” a los repelentes que contienen DEET, el principio activo de las principales marcas comerciales y, hasta ahora, el más eficaz para protegerse de los mosquitos.
El DEET es el estándar de oro de los repelentes, es el más antiguo, fue el primero en sintetizarse, y es el más eficiente; sin embargo, no se sabe cómo funciona.
Si bien se lo utiliza desde hace unos ochenta años, todavía no se conoce su mecanismo de acción: “El DEET es la referencia absoluta, el estándar de oro de los repelentes, es el más antiguo, fue el primero en sintetizarse, y es el más eficiente; sin embargo, no entendemos cómo funciona. No quiere decir que no haya hipótesis, pero no hay ningún modelo más o menos integral de lo que hace. Y eso es un freno para buscar nuevos repelentes, que hacen falta, porque los que tenemos o no son muy eficientes, o pueden ser un poco tóxicos. Pero el hecho de no saber por qué los que funcionan lo hacen, nos limita en apuntar en la dirección correcta donde buscar”, comenta el investigador.
¿Por qué repelen los repelentes? fue el título de una charla que Lazzari dio hace un par de años en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA -donde se graduó y fue profesor e investigador- y es la pregunta que guía los experimentos publicados en el Journal of Experimental Biology: “En este trabajo, intentamos entender qué significa para un mosquito un repelente ¿Es algo que lo intoxica? ¿Es algo que le dice ‘atención, hay un peligro’? ¿Es algo que no lo deja detectar que hay comida cerca? Esa fue la idea más o menos general. Y la manera de testear eso fue con este experimento de asociar el repelente a una recompensa de comida. Que podía ser sangre o que podía ser azúcar. Y en todos los casos lo que sucedió es que cuando lográbamos presentarle al mosquito varias veces el repelente asociado a comida, esos mosquitos después se sentían atraídos por el repelente. O sea, que el repelente no es per se algo malo para los mosquitos, sino que el mosquito le da una cierta interpretación que puede ser cambiada por la experiencia. Nuestro trabajo muestra que los mosquitos no son robots, los mosquitos no responden de manera automática a los repelentes, sino que tienen un comportamiento plástico”.
Hay tres hipótesis que tratan de explicar el mecanismo por el cual actúan los repelentes. Una de ellas sostiene que el repelente intoxicaría a los mosquitos afectando su sistema nervioso, haciéndolos incapaces de encontrarnos. Otra hipótesis plantea que el químico actuaría como una barrera, generando una especie de “capa de invisibilidad” que impediría al mosquito detectarnos.
Lo que sucedió es que al presentarle al mosquito varias veces el repelente asociado a comida, esos mosquitos después se sentían atraídos por el repelente.
“Nuestros resultados suman evidencia a una tercera hipótesis, que fue planteada en el año 2009, que propone que los mosquitos huelen el DEET, y lo olerían a través de ciertos receptores que son los mismos que utilizan para detectar sustancias tóxicas que las plantas producen para defenderse”, explica Lazzari.
-Si el mosquito puede cambiar su conducta aversiva por la atracción hacia el repelente tras sucesivas exposiciones al químico podría pensarse que estamos usando mal los repelentes…
-No, para nada. Este trabajo se hizo en condiciones muy particulares, muy alejadas de la vida real, para poder conocer mejor la mente de un mosquito y cómo funcionan los repelentes. Lo que sí hay que remarcar es que el DEET es una de las mejores herramientas para evitar que los mosquitos nos piquen y que la Organización Mundial de la Salud lo utiliza para luchar contra la transmisión de enfermedades como el dengue, la malaria y otras.

