Agricultura

La resistencia del sorgo de Alepo

actualidad — por el 07/08/2012 a las 12:02

Las malezas resistentes al herbicida glifosato, que hicieron sombra a cultivos en Tucumán, eran distintas a las de Salta. Los focos no vinieron de lejos sino que se originaron cada uno en el propio lugar. Así lo señalan estudios científicos realizados por investigadores de ExactasUBA y el INTA.

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Hay tantas malezas resistentes al glifosato que es muy difícil volver atrás la situación en el país.

El sorgo de Alepo que hoy ensombrece a la soja y es una de las principales malezas que resisten de pie al herbicida glifosato, no proviene de lejos, como en algún momento se supuso.  “Las variantes de sorgo de Alepo resistentes presentes en Tucumán no fueron traídas de Salta, sino que se originaron en Tucumán y viceversa”, remarca Esteban Hopp, profesor de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (FCEyN-UBA) e investigador del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).

Este hallazgo fue para los investigadores una buena y una mala noticia, a la vez. Para entender la historia hay que remontarse unos años atrás, cuando aparecieron las primeras malezas a las que no les hacía mella el glifosato. En esa oportunidad, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) solicitó un sistema de diagnóstico para controlar  rápidamente la plaga.  En ese entonces, los tucumanos sospechaban que el problema venía de Salta, y los salteños, de Tucumán, según relata Hopp. En la práctica, esto significaba puestos de control provincial para fiscalizar que las indeseadas semillas de sorgo de Alepo no se diseminaran de un lugar a otro. “Una medida complicada”, subraya el especialista.

Ahora, se esclareció el tema.  “Evitamos -sonríe Hopp- la guerra entre Tucumán y Salta, porque ninguna de las dos provincias tenía la culpa, sino que cada una hacía la suya. Es decir, el estudio genético mostró, que el sorgo de Tucumán no era similar al que se hallaba en Salta y viceversa”, destaca el investigador, y enseguida agrega: “Pero fracasamos en desarrollar el sistema de diagnóstico rápido pedido por SENASA, porque comprobamos que no hay un único perfil genético de identidad, que otorga al sorgo de Alepo la resistencia al glifosato”.

Si la causa detectada hubiera sido un solo tipo de variación que llevó al sorgo resistente a distribuirse por todo el país, el sistema de diagnóstico sería más sencillo. Pero las dificultades aportan el material de trabajo cotidiano a Hopp y su equipo integrado por Daniela Tosto, Luis Fernández y Luis de Haro de FCEyN-UBA y del Instituto de Biotecnología del INTA Castelar. “Ahora -agrega- seguimos tratando de localizar el gen o los genes que hoy llevan al sorgo a ser resistente al herbicida”.

Una de las hipótesis de los investigadores es que, la variación genética que permite sobrevivir al sorgo de Alepo, está ubicada en el sistema de transporte de la maleza, e impide al herbicida moverse desde el sitio de entrada, la hoja,  al resto de la planta como las raíces.

El Dr. Esteban Hopp y su equipo de trabajo.

En las pruebas científicas que intentan develar dónde se halla la invencibilidad del sorgo de Alepo resistente, “Martín Vila Aiub, de la Facultad de Agronomía de la UBA, utilizó glifosato radiactivo para lograr visualizar cómo actúa en el interior de la maleza”, relata Hopp. En condiciones normales, es decir cuando el herbicida funciona como tal, es posible verlo distribuido a lo largo de toda la planta. En cambio, cuando la planta presenta resistencia, el panorama es distinto. “Observamos que en el sorgo resistente no pasa eso. El glifosato se queda en el lugar donde se lo puso. Por eso, la hipótesis que manejamos es que el gen que otorga la resistencia está relacionado con el sistema de transporte”, subraya Hopp.

El cuadro de situación de los investigadores es parecido al de esas películas de suspenso en las que, cuando todo parece solucionarse, el peligro vuelve a acechar.  “El glifosato es un herbicida de contacto, es decir mata todo lo que toca. En primera instancia la planta muere, pero el sector que no fue alcanzado por el herbicida sigue en pie, y brota con el rizoma, que es un tallo subterráneo”, señala. En esta concepción, la explicación radicaría en que al impedirse la dispersión del herbicida a toda la planta, quedan sectores en estado latente porque no han sido rozados por el glifosato, y volverán a crecer ni bien tengan oportunidad.

Mientras el equipo continúa investigando cuáles son los cambios que impide que el glifosato actúe eficazmente, Hopp destaca que esta escena era esperable que ocurriera. “La historia nos enseña que aparecen insectos resistentes a los insecticidas, bacterias resistentes a los antibióticos, por qué no iban a aparecer malezas resistentes al glifosato”, plantea.

Hoy, el sorgo de Alepo no es la única preocupación. “En estos momentos hay tantas malezas resistentes al glifosato que es muy difícil volver atrás la situación en el país”, advierte Hopp y compara la situación con lo que ocurre en medicina con la penicilina que “como tal se usa en casos muy específicos porque no es efectiva, entonces se emplean análogos para escaparle a la resistencia que desarrollaron las bacterias.  A esos derivados cuesta desarrollarlos”.

En este sentido, Hopp vuelve al problema de resistencia de malezas al herbicida. “Es difícil que, en el largo plazo, el glifosato se pueda salvar de su obsolescencia, pero la idea es que monitoreando y estableciendo rotaciones en un manejo integrado de plagas y malezas, se pueden desarrollar esquemas que mitiguen la resistencia. No se puede evitar, pero sí estirar en el tiempo”, concluye.

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