Regreso de investigadores

De cal y de arena

perfiles — por el 11/07/2012 a las 15:12

Egresado de Exactas, Daniel Murgida viajó a Alemania para realizar un posdoc en el Instituto Max Planck. Después de 10 años, decidió retornar al país. En esta entrevista cuenta su experiencia, destaca la nueva etapa que vive la ciencia argentina y señala falencias para ser corregidas.

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Daniel Murgida. Foto: Diana Martinez Llaser

Entrevista a Daniel Murgida

Descargar archivo MP3 de Daniel Murgida

 

– ¿Cómo empezaron tus estudios?

– Yo soy técnico químico del Otto Krause. Ingresé al colegio pensando en seguir algo relacionado con la electromecánica  pero cuando tuve química por primera vez me hizo como un click en la cabeza. Así que entré a Exactas en el 87 y terminé la licenciatura en el 92.

-¿Pensaste en ir al exterior para hacer un doctorado?

– No, nunca me lo planteé. Y me alegro porque tal vez si lo hacía no volvía. Si lo que uno está buscando es capacitarse afuera para después volver al país es un error hacer el doctorado en el exterior. La Argentina tiene todavía un sistema científico muy pequeño y el conocimiento personal es muy importante. Entonces, conocer el medio local, conocer gente, saber qué equipamiento hay en diferentes lugares es lo que a la persona le va a permitir reinsertarse. Y todo eso se adquiere durante la etapa doctoral.

– ¿Dónde hiciste el doctorado?

– En el Departamento de Química Orgánica. Trabajé en fotoquímica orgánica y cuando terminé me presenté a una beca Humboldt. Me salió y me fui a Alemania al Instituto Max Planck (MP) de Mülheim, cerca de Dusseldorf. Inicialmente el viaje era por un año y pasaron diez.

– ¿Con qué panorama te encontraste cuando llegaste al MP?

– Me encontré con una realidad que ni sospechaba. La abundancia de recursos era impresionante. Por otro lado, uno se cruzaba con un desfile de premios Nobel y, además, había una masa crítica de científicos de altísimo reconocimiento internacional. Al año de estar allí pude empezar a desarrollar una línea de trabajo propia lo que permitió que, más adelante, me pudiera ir como profesor a la Universidad de Lisboa y después a la Universidad de Berlín.

– ¿Cómo fue la adaptación a la vida diaria?

– Al principio es todo lindo. Cualquier fin de semana uno se tomaba un tren e iba a París, a Praga, a Berlín. Los alemanes son muy cuidadosos e integran mucho a la gente. Sobre todo en un lugar como el MP donde más de la mitad de las personas eran extranjeros. Además, Europa es muy diferente a los Estados Unidos. Los alemanes trabajan 8 ó 9 horas por día y se acabó. Y no se le exige a la gente que trabaje sábado o domingo o que no se tome vacaciones. La calidad de vida es muy buena.

– ¿Cuándo empezás a plantearte el regreso?

– Siempre tuve claro que quería volver. Lo que pasa es que la vida te pasa por encima. Pero llega un momento en que uno dice: me está yendo muy bien, me estoy desarrollando científicamente pero hay un montón de cosas que quedaron del otro lado del océano. Y yo me di cuenta de que estaba alcanzando el punto de no retorno. Sobre todo porque al año de llegar conocí a quien ahora es mi mujer, que es española, y que tampoco tenía muchas ganas de quedarse en Alemania. Entonces hubo que decidir y nos vinimos a Buenos Aires.

– ¿Cómo fuiste organizando tu regreso?

– Yo ya había pedido el ingreso al CONICET en el 2004. Pero había una cuestión fundamental que era que el tipo de trabajo que yo hago es muy equipo dependiente y eso requiere un tipo de financiamiento que hoy en Argentina no existe. Así que tuve que organizar todo para traer un container bien lleno desde Alemania.

– ¿Tuviste algún otro subsidio?

– Sí, en viajes previos, un par de colegas me presentaron a Lino Barañao, que me ofreció un programa que paga todos los gastos de traslado e instalación de equipamiento donado. Además, el entonces director del INQUIMAE tramitó un subsidio de reinstalación del CONICET que me permitió hacer toda la modificación y adecuación del laboratorio para colocar los equipos.

– En términos generales, ¿qué opinás del conjunto de herramientas que se implementaron en los últimos años para la repatriación de científicos?

– Creo que lo que está pasando en Argentina es muy positivo. Es una etapa fundacional, nunca hubo un apoyo tan decidido a la ciencia. Si bien eso me pone muy contento, también debo señalar que hay falencias. Por ejemplo, este programa del cual yo me beneficié, si bien es muy positivo, tiene el problema de que el repatriado se encuentra con los subsidios dos o tres años después de haber vuelto. Para algunas personas que regresan eso puede significar tres años mirando el techo. Y eso puede determinar que esa persona se frustre y se vaya. Otra cosa es que, lamentablemente, en Argentina sigue ocurriendo que la Universidad o el CONICET contratan a una persona y lo único que le proveen es un sueldo y la verdad es que eso no ocurre en ningún país exitoso en ciencia. Ninguna universidad contrata a un nuevo profesor investigador sin negociar si el dinero de start up será de 200 mil, 500 mil o un millón de dólares. Aquí ni siquiera se discute si le van a dar un escritorio, eso me parece que es una deuda pendiente. Además, la universidad tiene que tener más presencia para decidir qué líneas de investigación impulsar, no puede quedar todo en manos de instituciones ajenas a la universidad. Eso no pasa en ningún país desarrollado.

– ¿Estás conforme con tu regreso?

– Sí, definitivamente. Me reinstalé en 2008 y en pocos años pude armar un grupo de gente muy valiosa. Por suerte pude, en este corto tiempo, recibir financiación razonable, así que podemos trabajar muy bien.

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